A propósito de los neonazis en Europa

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Por: Víctor Montoya

Cierto día, mientras miraba en la televisión un programa sobre la violencia desatada por una banda de racistas y xenófobos, mi hijo, que en ese instante jugaba tendido de bruces sobre la alfombra, se aferró a mi brazo, acercó sus ojitos dubitativos hacia mi rostro y, con voz trémula, dijo: “¿Papá, nos matarán también a nosotros porque tenemos el pelo negro?” Yo lo miré perplejo, con un nudo en la garganta y sin saber qué responder. Después, él volvió a jugar, y yo, sin salir aún de mi asombro, me quedé pensando en su pregunta que, aparentemente ingenua, reflejaba la fría realidad que mostraban en la pantalla, una realidad que desangraba la democracia y la convivencia ciudadana.

En otra ocasión, cuando en la misma pantalla apareció la imagen de Ian Wachtmeister y Bert Karlsson (líderes de la entonces Nueva Democracia), haciendo declaraciones sobre los supuestos excesos de los inmigrantes en Suecia, mi hijo me sorprendió con otra pregunta: “¿Y éstos son también malos, papá?”. Yo lo levanté en los brazos y, simulando una sonrisa, le contesté: “Estos son dos payasos y nada más, dos payasos que hacen reír y dan pena”. Claro está, cómo iba a explicarle a un niño que el ascenso del racismo, la xenofobia y el hipernacionalismo eran productos de la crisis del sistema capitalista y un chivo expiatorio en forma de cientos de miles de extranjeros.

Cómo iba a decirle que los líderes de la derecha se parecen al Flautista de Hamelín, que conducen a sus seguidores hacia el barranco, prometiéndoles que avanzan por buen camino, y quienes, ante las cámaras de la televisión, se muestran como auténticos demócratas, escondiendo su verdadero rostro como su verdadera opinión, aunque cada vez que arengan a sus secuaces no hacen otra cosa que compartir el fanatismo violento de las hordas neonazis, “skinheads” (cabezas rapadas) y de los partidos de extrema derecha, que abogan por la “supremacía del hombre blanco”.

Sé de sobra que a mi pequeño hijo, por algún tiempo más, no podré explicarle que el racismo es la expresión hipertrofiada de un componente de la personalidad humana: el temor al “extranjero”, a lo desconocido. Es decir, que la ideología fascista es la expresión extrema, racionalizada y colectivizada de ese rechazo a todos quienes no comparten su filosofía eurocéntrica.

No hay más que recordar los acontecimientos acaecidos en algunos países de la Unión Europea, como en la siempre temida Alemania unificada, donde los neonazis dicen que ellos ejecutan acciones que son determinadas por los propios ciudadanos, quienes son potencialmente xenófobos en el silencio. Por ejemplo, en Rostock, ante los turbulentos atentados racistas, las mismas fuerzas del orden parecían tener más simpatía por los neonazis que por las manifestaciones de la izquierda; lo mismo sucedió en Lichtenhagen, donde miles de habitantes prorrumpieron en aplausos y gritos a favor de los energúmenos fascistas, quienes lanzaron piedras y explosivos de fabricación casera contra los albergues de los inmigrantes.

Explicarle a un niño que no debe hablarse de categorías de individuos, sino sólo de individuos independientemente del color de su piel, cultura, religión y nacionalidad -ya que la identidad de un país no se forma en un cuarto vacío, sino en una colectividad que constituye casi siempre una suerte de ensamble multicultural-, resulta tan difícil como explicarle el porqué estoy en Suecia que, por cierto y sin desmerecerlo, me brindó asilo político solidario cuando más lo necesitaba.

No me entendería si le digo que soy un refugiado más, porque en mi país de origen me opuse a un régimen de facto que asaltó el poder irrumpiendo la democracia, contra quienes hicieron desaparecer impunemente a militantes revolucionarios; contra quienes, organizados en “escuadrones de la muerte”, lincharon a hombres y violaron a mujeres; contra quienes, acostumbrados a vulnerar los Derechos Humanos, torturaron y asesinaron con frialdad pavorosa y contra quienes, como los neonazis dentro de la Unión Europea, usaron la violencia como el único y último recurso para imponer sus prerrogativas.

Sin embargo, estoy seguro de que mi hijo, como otros niños que nacieron en el exilio, un buen día sabrá que a los ciegos de hoy les quitaremos la venda de los ojos para mostrarles que la realidad de un país no es lo que ellos quieren ver, sino otra cosa, un enorme abanico que compendia todos los colores, olores, sabores, lenguas, credos y culturas, y que el proceso de la democracia, así no haga milagros ni estragos, es algo que debemos de aprender a defender, para que el sueño de la libertad y la justicia no se haga añicos por la sola presencia del exacerbado nacionalismo xenófobo, que no tiene más importancia que la que en realidad tiene: primero, porque no representa a una opinión mayoritaria; y, segundo, porque son una pandilla de cretinos que no merecen el respeto ni el perdón.

Ahora bien, como todos los demócratas, quiero conservar la libertad de opinión y expresión, pero también la seguridad ciudadana, puesto que, al fin y al cabo, quiero que me dejen vivir en paz y en completa armonía con mis semejantes. Quiero que se sepa, además, que no estoy dispuesto a enmudecer ante las bravatas y la violencia verbal de un grupúsculo de resentidos sociales y, mucho menos, dispuesto a dejarlos enarbolar las banderas de una ideología que amenaza la convivencia social y siembra el pánico y el temor entre los niños.

Mi experiencia personal es apenas el pálido reflejo de una realidad que afecta a millones de familias extranjeras a lo largo y ancho de Europa. No es casual que hace un tiempo atrás, un padre de familia de origen chileno, que se vio obligado a abandonar su país desolado por una dictadura militar, me confesó con una profunda tristeza: “No hay una sola noche en que mi hijo deje de enfrentarse con los “skinheads” (cabezas rapadas). Si una noche no lo atacan a él, atacan a su amigo o al amigo de éste. De modo que mi hijo, que llegó a Suecia siendo aún niño, pertenece ya a una generación que está marcada por la propaganda racista y el menosprecio contra el ‘cabeza negra’. ¿No sé qué hacer?”.

La preocupación de este padre es comprensible desde todo punto de vista, pues se trata de un individuo que, huyendo de una sanguinaria dictadura militar, buscó refugió en Suecia, con la esperanza de ofrecer un futuro mejor a sus hijos; un sueño que parece haberse roto en pedazos y se convirtió en pesadilla la vez en que su hijo llegó a casa hostigado por una pandilla de neonazis, que lo acosaron desde la escuela, gritándole al unísono: “¡Cabeza negra, fuera de nuestro país!”

Estos pandilleros, cuyos ídolos son Hitler, Mussolini y Franco, fueron reclutados desde los 14 años de edad por organizaciones de extrema derecha, con el propósito de crear una corriente de opinión destinada a desbaratar la política de inmigración de cualquier gobierno democrático y, enarbolando las banderas del nazismo, oponerse a la mezcla de razas y culturas.

Esta política racial, que pretende legitimar la existencia de una raza “fuerte” y otra “débil”, de una raza supuestamente “superior” y otra “inferior” -compuesta por judíos, gitanos, indios, negros y homosexuales-, reaviva la mentalidad del nazismo alemán, cuyas consecuencias, aparte del holocausto en el cual perdieron la vida millones de seres humanos, fueron “la noche de los cristales rotos y los cuchillos largos”.

Los judíos fueron amedrentados y asesinados por bandas de fascistas armados. Sobre los letreros de las tiendas, que habitualmente eran concurridas por todos, se pusieron advertencias que decían: “Prohibido el ingreso de perros y judíos”, y sobre las ropas de los judíos se cosió la estrella de David para que sean fácilmente identificados a la hora de ser deportados a los campos de concentración y exterminio.

El racismo, que no es una rara perversión diabólica ni un fenómeno natural del instinto humano, es una teoría que admite la existencia de “razas dominantes” y “razas dominadas”; y, lo que es más grave, es una teoría que algunos la llevan a la práctica de manera brutal, como sucedió en una pequeña ciudad de Suecia, donde la sola presencia de un 9% de inmigrantes (en una población de menos de 18.000 habitantes), fue suficiente para despertar los instintos gregarios de un grupúsculo de muchachos neonazis que, luciendo cruces esvásticas, vestimentas del Ku Kux Klan, botines de caña alta y cazadoras americanas, aterrorizaron a varias familias de inmigrantes, quemando cruces, pintarrajeando paredes, destrozando las tiendas y los restaurantes administrados por “extranjeros”.

Estos mismo neonazis llegaron al extremo de asestar, en noviembre de 1995, el frío metal de un cuchillo en el pecho de un muchacho de origen africano, quien murió desangrado en una de las calles céntricas de la ciudad. Los peatones vieron su cuerpo tendido entre los arbustos, pero ninguno acudió a socorrerlo ni a denunciar el caso en la policía; es más, un transeúnte le arrojó una cáscara de banano en actitud de desprecio, mientras otro depositó al lado de su cadáver una bola de carbón que representaba la cabeza de un muñeco negro. Los testigos dijeron no haberse percatado de que el hombre estaba muerto; algunos, incluso, pensaron que se trataba de un “negro borracho”, durmiendo en plena calle y a plena luz del día. 

Lo que más extraña de esta actitud pasiva y contemplativa, que puede tornarse en un arma tan peligrosa como el acto mismo de ejecutar un crimen fríamente planificado, es el hecho de que ningún político de la cúpula gubernamental haya dicho: “esta boca es mía” ni que este caso haya sido motivo suficiente para generar una protesta nacional contra los asesinos, quienes, con el cinismo, la impunidad y la insensatez que caracterizan a los criminales en potencia, usaron a la prensa sensacionalista para difundir su propaganda de intimidación contra los inmigrantes, quienes, según ellos, son los causantes de todos los males sociales y económicos que aquejaban al país. 

Por lo demás, pienso que la consigna de resistencia es clara y contundente: no debemos dejarnos intimidar por las bravatas ni fechorías de estas pandillas de antisociales; por el contrario, debemos cerrar filas en torno a las organizaciones que no están dispuestas a tolerar el racismo, “la exaltación del poder blanco” ni la propaganda neonazi, que se distribuye abiertamente en los establecimientos educativos a nombre de la democracia y la libertad de expresión, aun sabiendo que el totalitarismo fascista, que reconoce al individuo sólo en la medida en que sus intereses coinciden con los del Estado absoluto, no tiene lugar en un sistema político pluralista y democrático, basado en el respeto a los Derechos Humanos y la diversidad de razas, lenguas y culturas.

Los inmigrantes estamos en el deber de esclarecer que la crisis económica de un país, como la crisis estructural del sistema capitalista, no se resuelve con la discriminación y la expulsión de los “extranjeros”, sino con la participación colectiva en las decisiones del Estado y con la distribución equitativa de los recursos, que hoy están concentrados en pocas manos. 

Víctor Montoya

Some say he’s half man half fish, others say he’s more of a seventy/thirty split. Either way he’s a fishy bastard.

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