Por: Víctor Montoya

Donato Quispe, un estudiante de secundaria de la ciudad de El Alto, fue testigo y víctima de la terrorífica presencia del Maligno en su casa, del mismísimo demonio que, poco tiempo después, tomó posesión de su cuerpo, como cualquier ente destructivo que se aloja en un sitio para cometer sus fechorías.

Su experiencia personal no obedecía a una enfermedad mental ni a las fantasías propias de los muchachos de su edad, sino a un hecho concreto que le tocó vivir entre las cuatro paredes de su cuarto, donde empezaron a moverse los objetos por si solos y a oírse ruidos extraños.

El Maligno se le manifestaba entre la medianoche y el alba; tiempo en el cual Donato Quispe entraba en trance; se le blanqueaban los ojos y echaba espuma por la boca, se retorcía salvajemente y blasfemaba emitiendo sonidos similares a los gruñidos, maullidos y ladridos.

A veces, obrando en contra de su voluntad, empezaba a levitar como un ilusionista de circo, perdía el control de sí mismo y, con síntomas parecidos a la amnesia, no tenía conciencia ni memoria de sus actos; en tanto el Maligno actuaba a su regalado gusto, haciéndole sentir aversión vehemente hacia las imágenes y los objetos sagrados.

Donato Quispe no se animaba a revelar este secreto a nadie, ni siquiera a su mejor amigo por temor a que le tilde de loco o que alguien le diga de frente: “El mal de locura, sólo la muerte lo cura”. De modo que sufría solo los tormentos del Maligno, sumido en la resignación y el silencio; un silencio que, por fortuna, no duró por mucho tiempo, ya que Donato Quispe, tras escuchar los consejos de su voz interior, decidió contarles a sus padres lo que le estaba pasando desde el día en que el Maligno tomó posesión de su cuerpo.

Sus padres, apenas escucharon su desgarrador relato, se convencieron de que su hijo estaba poseído y que para liberarlo del Maligno necesitaban de la intervención divina, a través de un santo o de la santísima Virgen, quien, además de hacer milagros, es la madre de Cristo y enemiga declarada de Satanás.

Otra de las alternativas era recurrir a la potestad de un exorcista, pero como no había un cura a mano y mucho menos un clérigo capacitado para exorcizar, tomaron la decisión de buscar la ayuda de un yatiri en la Ceja de El Alto, capaz de enfrentarse al Maligno que causa estragos en el cuerpo y alma de sus elegidos.

Los padres de Donato Quispe sabían que en la Ceja, donde la desmesura es el santo y seña de las cosas, abundaban los aymaras que oficiaban de yatiris, ofreciendo sus servicios a la gente con problemas de diversa índole, jactándose de que, mediante la lectura de las hojas de coca y los prodigios de la k’oa, podían quitar hechizos, maleficios, mal de ojo, mala suerte, negatividades malignas sobre personas, casas, empresas, actividades comerciales y, por si fuera poco, hasta juraban que podían curar el mal de  amores y los desvaríos de locura.

Sin embargo, los padres de Donato Quispe no sabían si el yatiri estaba capacitado para enfrentarse al Maligno, como un exorcista que, mediante el uso de reliquias sagradas y conjuros, podía liberar a una víctima del dominio demoníaco gracias a la autoridad espiritual del todo Poderoso.

Aun así, estaban convencidos de que las ceremonias rituales de los yatiris no eran simples patrañas, como creen los citadinos y gringos mochileros, sino conocimientos basados en la sabiduría popular, las tradiciones ancestrales y la cosmovisión de una cultura que todavía cree, a ojos cerrados y a pie juntillas, en la existencia de espíritus benefactores y espíritus maléficos.

La noche en que Donato Quispe estaba acostado en la cama, a la espera de que el Maligno despertara en su interior para atormentarlo como otras veces, el yatiri llegó a su casa, ataviado a la usanza de los kallawayas, con un collar de amuletos alrededor del cuello y un wallqipu colgado en bandolera; era una persona relativamente joven y de estatura mediana, nariz aguileña, pómulos pronunciados, cejas arqueadas y ojos pequeños con relación al tamaño de su rostro.

Por el modo de moverse, sin temor ni vacilaciones, se podía intuir que era dueño de una personalidad fuerte y decidida. No en vano se supo después que era uno de los elegidos de su ayllu por haber sobrevivido al impacto de un rayo y que, además de ser jampiri, que diagnosticaba dolencias y trataba enfermedades tanto físicas como mentales, era experto en  los artilugios de hechicería y brujería, que practicaba artes marciales, que llevaba una vida austera y disciplinada, que comía y bebía con medida, que era devoto de la virgen del Carmen y miembro de una fraternidad de morenada.
El yatiri, conducido por los padres de Donato Quispe, entró en el cuarto donde éste yacía de espaldas y con la mirada perdida en la nada. Pidió que los dejaran solos y aseguró la puerta con el cerrojo, a modo de asegurarse que nadie los molestaría mientras se llevaba a cabo la purificación del poseso.

Una vez que los dos quedaron solos en el cuarto, apenas iluminados por la luz de la luna que ingresaba por la ventana, no se hablaron ni se miraron. El yatiri se quitó el poncho y el sombrero, sacó de su wallqipu la coca, el aguardiente, las plantas medicinales, semillas de wayruru envueltas en algodón y todos los enseres concernientes a su oficio. Los acomodó sobre un aguayo tendido en el piso, mientras Donato Quispe, con las manos cruzadas sobre el pecho, le seguía con la mirada cada uno de sus movimientos.

Poco después, el yatiri empezó la sesión que se prolongaría por varias horas.

–¡Ponte de pie! –le ordenó con una voz metálica, como la de los locutores que transmiten los partidos de fútbol.

El muchacho se incorporó de un brinco y quedó plantado como un soldado en medio del cuarto.
El yatiri calló un momento, le dio la espalda y ordenó de pronto:
–¡Quítate las ropas!

Donato Quispe obedeció al instante y se despojó de las ropas hasta quedar en calzoncillos.

Entonces el yatiri prendió la k’oa con un fósforo y, mientras lo sahumaba entero al poseso, invocaba a las deidades del bien con palabras mágicas y en procura de ahuyentar al espíritu maligno que hacía de las suyas, como el Anchanchu que se mete en la vida de las personas, generándoles enfermedades, desgracias y locuras.

El aroma del humo que cundió en el cuarto, aparte de incluir los elementos propios de la k’oa andina, como es el sullu y el sebo humano, contenía también hierbas purificadoras, ramos de wira wira, castañas y dientes de ajo para ahuyentar a los malos espíritus, como se ahuyentan a las serpientes más venenosas y peligrosas de este mundo.

Al cabo de un tiempo, Donato Quispe emitió un vozarrón que le nació en el fondo de sus entrañas, blanqueó los ojos, echó espuma por la boca, se tambaleó como un borracho y, de súbito, se tumbó en la cama en estado de trance.

El yatiri, al verlo padecer como un animal envenenado, se dispuso a conjurar contra el espíritu maligno, pero sin usar la señal de la cruz ni rociarle con agua bendita. Le bastó con un puñado de hojas de coca y una botella de aguardiente para invocar, con oraciones que más parecían maldiciones, al ajayu de los seres tutelares de la cosmovisión andina.

A continuación pronunció palabras ininteligibles, porque su boca estaba atestada con hojas de coca, con las cuales, luego de akullicar, untó el cuerpo de Donato Quispe, consciente de que las hojas sagradas tenían un alto poder curativo.

Donato Quispe, presa de las garras del Maligno, se retorcía entre gritos desgarradores de dolor, como si llevara un reptil metido en el cuerpo. Sus ojos se tiñeron de sangre y su voz se tornó en un bramido feroz. No cabía la menor duda de que el espíritu maligno atormentaba su vida, haciendo uso cruel de su cuerpo y negándose a dejarlo en paz.

El yatiri, convencido de que las maldiciones en la vida se multiplican como los peces y los panes del evangelio, no se dio por vencido, se revistió de valor y, enfrentándose de nuevo a la fuerza perversa y destructiva del Maligno, lo conminó a  abandonar el cuerpo poseído, con la repetición continua de palabras y oraciones acompañadas con mucha fe y certeza, debido a que la curación era a la vez un rito, un acto litúrgico, un nexo entre lo terrenal y lo divino.

El Maligno puso resistencia y soltó una infernal carcajada que hizo vibrar las paredes y el techo, entretanto que en el lampiño tórax de Donato Quispe apareció un mensaje escrito en caracteres de sangre, que el yatiri no pudo descifrar porque no sabía leer ni escribir. Empero, comprendía que no era lo mismo estar poseído por un buen espíritu, que estar poseído por un espíritu del reino de las tinieblas.

A pesar de la tensión reinante en el cuarto, no se enfrentaron en un combate cuerpo a cuerpo, aunque ambos estuvieron a punto de perder la paciencia, pero ni bien el yatiri pronunció las palabras: “¡Diablo maldito!", el muchacho se sentó de golpe y empezó a golpearlo con una barra que arrancó de la cabecera de la cama. El yatiri reaccionó con violencia, desencadenó sus poderes sobrenaturales concedidos por el rayo y, tomándolo a Donato Quispe por el cuello, exclamó amenazante:

–¡Diablo maldito! Si no te alejas de este cuerpo ahora mismo, te llevaré conmigo hasta el mismísimo infierno…
El Maligno se burló de las amenazas de su interlocutor y se negó a abandonar el cuerpo del poseso. Entonces el yatiri sacó un murciélago vivo del bolsillo interior de su wallqipu y, tomándolo por las alas, lo pasó varias veces por el torso de Donato Quiste, hasta que el Maligno se metió en el cuerpo del animal, dejándolo liberado al muchacho, quien parecía haber despertado de una espeluznante pesadilla. El yatiri abrió la ventana y dejó volar al mamífero nocturno en dirección a la luna.
Acto seguido, como iluminados por un milagro, Donato Quispe volvió a ser el mismo de antes. El Maligno poseyó el cuerpo del murciélago y los padres del muchacho, agradecidos con los dioses benefactores de la cosmovisión andina, se abrazaron felices de ver a su hijo rebosante de alegría y libre de todo mal.
La batalla contra el Maligno estaba ganada.
El yatiri aymara, antes de marcharse con su wallqipu colgado en bandolera, le entregó a Donato Quispe un amuleto para que se cumplan sus deseos tanto materiales como espirituales y, sobre todo, para que se proteja contra las asechanzas del Maligno, quien, según la versión de los ateos y agnósticos, está en todas partes sin estar en ninguna.

Glosario

Ajayu: Espíritu de los seres vivos en la cosmovisión andina.

Akullicar: Bolear con hojas de coca para extraer su jugo estimulante.

Anchanchu: Ser sobrenatural maligno, de cabeza y cuerpo deformados. Causa enfermedades y muerte, es dueño de almas y de riquezas.

Ayllu: Comunidad local, sistema de organización básica de la sociedad aymara.

Jampiri: Curandero, hombre que trata enfermedades con medicinas tradicionales.

Kallawaya: Médico naturista de las proximidades del lago Titicaca, célebre por sus conocimientos para curar las dolencias con hierbas medicinales.

K’oa: Sahumerio. Incienso que se quema en un ritual en honor a la Pachamama. El humo tiene la cualidad de llegar hacia los seres tutelares de la cosmogonía andina.
Sullu: Feto de animales, especialmente de llama.
Wallqipu: Pequeña bolsa de lana usada por los hombres para llevar coca, cigarrillos, lejía y otros enseres concernientes al oficio del yatiri.

Wayruru: Semilla de un árbol, de color rojo y manchita negra. Se usa como amuleto contra la mala suerte y la melancolía.

Wira wira: Planta herbácea usada en infusión como pectoral.

Yatiri: Sabio, sacerdote, curandero y consejero de la comunidad andina. Posee dotes excepcionales y domina varias artes, como la adivinación mediante las hojas de coca y el tratamiento de enfermedades con medicinas tradicionales. El yatiri es el único que puede mantener contacto con todos los niveles de la cosmovisión andina.