Por: Víctor Montoya

Jhony Betanzos, como todo joven acostumbrado a lucirse con ropas de marca, auriculares modernos y celulares con múltiples aplicaciones, era un cibernauta compulsivo, adicto a las redes sociales y asiduo visitante de los sitios de pornografía dura.

Vivía en la ciudad de El Alto, donde sus padres amasaron fortunas gracias a una cadena de negocios que instalaron en las avenidas principales. Además, en su condición de “hijito de papá”, no necesitaba estudiar ni trabajar; era cuestión de que pegara un grito para obtener sus caprichos de niño mimado.

Una mañana que entró en la cocina, a la espera de que la empleada le sirviera el desayuno, hojeó el periódico que estaba encima la mesa y, por pura casualidad, leyó en la página de anuncios un texto que decía: “Cholitas hechiceras. Placer y confort en la Ceja de El Alto. Show de striptease al rojo vivo, bebidas afrodisíacas, masajes relajantes y atención sin apuros. Cholitas hermosas, traviesas, desinhibidas, te esperan para complacer tus deseos y hacer realidad tus fantasías eróticas, en un ambiente confortable y con mucha discreción…”.

Jhony Betanzos recortó el anunció y esa misma noche acudió al establecimiento de placeres sexuales, vestido como un gánster de película, con sombrero de ala ancha, camisa blanca, traje a rayas y zapatos lustrosos; tenía la curiosidad de conocer a las “cholitas hechiceras”, quienes hacían striptease bajo las luces de neón y deleitaban con un table-dance sujetas a una barra vertical, donde se lucían ejecutando bailes acrobáticos con la misma destreza de las artistas de circo.

En una pequeña cabina, ubicada a unos pasos de la puerta, pagó su entrada y luego se internó en el burdel, que apestaba a sudor, tabaco y alcohol. Avanzó entre lámparas a media luz y se sentó cerca de la plataforma, donde todas las noches se exhibía un espectáculo erótico, cuyas sensuales coreografías encandilaban a los jóvenes y devolvían la virilidad perdida a los viejos.

Al término del espectáculo, Jhony Betanzos, que tenía la mirada puesta en las curvas de una de las cholitas, que mejor meneaba las caderas en el escenario, despojándose de su lencería que no dejaba casi nada a la imaginación, se puso de pie y se apresuró en invitarla a su mesa, para tenerla como a su dama de compañía.

–Quiero compartir contigo –le dijo tomándola de las manos.

–Está bien –asintió ella, con un gesto afirmativo de cabeza y alzando la voz a un tono más alto que el de la música que zumbaba en el local.

–¿Cómo te llamas? –le preguntó, esforzándose por tratarla con modales de caballero.

Ella no quiso identificarse con su verdadero nombre ni apellido, así que, tras un breve silencio, se limitó a contestar:

–Aquí todos me conocen por la Barquito Chico. Y tú, ¿cómo te llamas?

–Jhony Betanzos, pero mis amigos, en las redes sociales, me llaman El Cibernauta…

Lo que esa noche empezó como una amistad casual y pasajera, terminó en un maravilloso acto de amor en uno de los alojamientos de la Ceja. Él puso el dinero y ella puso su experiencia de meretriz.

Jhony Betanzos, como todo hombre que alcanza las estrellas en una noche de encendida pasión, perdió la cabeza por los encantos de la “cholita hechicera”. De modo que no dejó de visitarla varias veces a la semana, hasta que al final le puso jaque a su corazón.

La Barquito Chico, quien se inició como dama de compañía en la ciudad de El Alto, desde que llegó de un pueblito del interior, nunca cayó en las galanterías de un hombre ni se enamoró de sus clientes, con quienes mantenía una relación fría y distante; pero esta vez fue diferente, estaba atrapada en las redes de Jhony Betanzos, quien le prometía cielo y tierra a cambio de que le correspondiera con su amor.

Mientras la Barquito Chico seguía ejerciendo su oficio en el burdel, Jhony Betanzos, desde que se levantaba hasta que se acostaba, pasaba los días enganchado a las redes sociales, a través de las cuales encontraba amigos virtuales, dispuestos a suministrarle imágenes de zoofilia, sadomasoquismo y pedofilia.

Pasado un tiempo, como suele ocurrir en la desenfrenada relación de los jóvenes enamorados, llegaron los conflictos de pareja. Él quería evitar a toda costa que la Barquito Chico continuara trabajando como meretriz; en cambio ella, que necesitaba dinero para enviar a su madre y sus hermanos, no desistía en su afán por seguir en ese oficio que no le agradaba en absoluto, pero que sí le retribuía con creces sus servicios y sacrificios.  

El enfado de Jhony Betanzos llegó a tal extremo que, una noche de crudo invierno y cielo encapotado, decidió esperarla cerca del burdel de las “cholitas hechiceras”, con el propósito de impedir su ingreso a ese antro de excesos carnales. Avanzó a hurtadillas por la calle, se escondió detrás de los autos aparcados contra la vereda y esperó la llegada de la Barquito Chico, quien empezó a provocarle un remolino de celos de sólo pensar que eran muchas las miradas que la desvestían antes de que ella se quitara las prendas y muchos los hombres que deseaban cabalgar como jinetes en las bronceadas colinas de su cuerpo.

Cuando la vio cruzar por la calle, encaminándose hacia el burdel, salió de su escondite con la decisión de detenerla antes de que alcanzara la puerta. En tanto ella, al advertir su presencia, intentó darse a la fuga, desesperada y temiendo lo peor, pero tuvo tan mala suerte que el tacón de su zapato se le atascó en el empedrado, dejándola desplomarse boca abajo y con la pollera arremolinada sobre su espalda.

La Barquito Chico, con el latido del corazón golpeándole contra su pecho, trató de incorporarse para volver a correr, pero él la alcanzó, se abalanzó sobre ella y la inmovilizó cogiéndola por las trenzas.

–¡Te pedí que te alejaras de la prostitución, el alcohol y las drogas! –le dijo en un tono imperativo.

Ella giró la cabeza con esfuerzo y replicó:

–Está bien. Me alejaré del burdel, pero ahora deja que me levante y luego nos vamos al alojamiento...

Un transeúnte, que casualmente apareció en ese instante, quiso socorrerla al ver que estaba siendo agredida por su pareja.

–¡Usted no se meta en lo que no debe! –le increpó ella, echando escupitajos contra el suelo–. ¡Es mi marido y tiene derecho a pegarme!

El transeúnte, sorprendido por la reacción de la mujer, los dejó a su suerte y prosiguió su camino.

Cuando la pareja llegó al alojamiento, donde solían dormir algunas veces, se desencadenó una acalorada riña ocasionada por los celos. Ella le reprochó su falta de consideración y tolerancia, y él la acusaba de ser una mujer libertina, capaz de entregarse a cualquiera que le pusiera los billetes entre las piernas.

La Barquito Chico, sintiéndose ofendida en lo más profundo de su dignidad, reaccionó contra el agravio propinándole una sonora bofetada, mientras le recriminaba por su mentalidad machista y su conducta de poco hombre.
  
Jhony Betanzos, con los nervios y el raciocinio al borde de un colapso, reaccionó como una fiera y la tumbó sobre la cama, le levantó la pollera y las enaguas, le quitó la tanga de un tirón y la violó sin miramientos ni contemplaciones.

Ella se resistió al acto bestial entre quejidos de dolor, pataleó y pegó manotazos por doquier, hasta que el violento acceso carnal culminó contra su voluntad. Se cubrió las piernas con la pollera y, entre sollozos de impotencia, amenazó con denunciarlo por maltrato y violación.

Jhony Betanzos, a poco de ajustarse los pantalones y temeroso de que ella cumpliera con su palabra, pensó que lo mejor era acabar con su vida. Entonces cogió la barra metálica que había en la habitación y le pegó un mortal golpe en la cabeza, dejándola seca y quieta como una piedra.

Después salió en busca de una ferretería, donde compró bolsas de plástico y un cuchillo de dimensiones apropiadas, con el propósito de decapitar y despedazar el cadáver. Una vez que completó la operación, tomó fotografías del atroz crimen con su celular, tiró los órganos internos por el inodoro y el resto del cuerpo, que sacó del alojamiento en las bolsas de plástico para evitar sospechas, arrojó en un basural frecuentado por los perros callejeros.

Jhony Betanzos, que se convirtió en el asesino de la mujer a quien le profesaba un amor enfermizo, retornó a su rutina cotidiana, convencido de haber hecho lo que debía hacer, aunque su tranquilidad no duraría por mucho tiempo, ya que cometió la imprudencia de compartir sus impresiones sobre el macabro crimen a través de las redes sociales, en las que incluso subió las fotografía que tomó con su celular; es más, en su cuenta de Twitter escribió: “No siento temor ni culpa, y mucho menos tristeza, por haber acabado con la vida de una ramera, que ofrecía su cuerpo por unas cuantas monedas”.

La policía, siguiéndole las pistas a través de las mismas redes sociales, no demoró en identificarlo y en dar con su paradero. Procedió a capturarlo y a entregarlo en manos de la justicia, que lo declaró culpable del deceso de la trabajadora sexual, cuyos restos jamás fueron encontrados, aunque se buscaron y rebuscaron en el basural indicado.

Cuando Jhony Betanzos fue sometido a una evaluación psicológica, para determinar su grado de lucidez mental al momento del feminicidio, los peritos coincidieron en que se trataba de un psicópata, con serios trastornos mentales, y no dudaron en tipificarlo como un sujeto altamente peligroso para la sociedad.

Lo encerraron en la cárcel de San Pedro, donde no estuvo ni un año, habida cuenta de que sus padres, prósperos comerciantes de la ciudad de El Alto, compraron los servicios de varios abogados y sobornaron a las autoridades de la justicia para que lo pusieran en libertad.

Jhony Betanzos, una vez absuelto de toda culpa, retornó a su casa en un flamante auto y sin otro deseo que continuar con sus aficiones de cibernauta. Su adicción al Internet era tan fuerte que, apenas puso los pies en su dormitorio, lo primero que hizo, ansioso por reengancharse en las redes sociales, fue encender su computadora personal.

El aparato electrónico, con poderosa capacidad de memoria y velocidad, tardó más tiempo de lo habitual en encenderse, pero cuando lo hizo, mediante una interfaz, apareció la nítida imagen de la Barquito Chico en la pantalla de cristal líquido, como si su bronceado y curvilíneo cuerpo hubiese recobrado vida dentro de la computadora.

Jhony Betanzos se quedó helado de susto; una sensación de pavor que se le intensificó cuando su víctima, que lucía los mejores atributos de una “cholita hechicera”, le dijo que tenía los días contados, lanzándole una mirada de advertencia y rencor, como recordándole que no hay un crimen perfecto y mucho menos un crimen sin castigo ante la justicia de Dios.