Por: Víctor Montoya

El primer día que me encontraba de visita en Catavi, en la antigua Casa Gerencia, me vi sorprendido por unos edificios que se construían entre gritos a voz en cuello y al ritmo de cumbias y bachatas, sin considerar que el estridente bullicio perturbaba la paz de los vecinos. Luego me informé de que estos edificios, parecidos a los que los niños construyen en sus juegos, con palitos de fósforos y ladrillos de lego, formarían parte de la Universidad Nacional “Siglo XX”, cuyo plantel administrativo, ante la falta de ambientes en las poblaciones aledañas, decidió apostar un considerable presupuesto en la construcción de esta importante infraestructura educativa, que constituiría una suerte de orgullo para los lugareños, quienes jamás dejaron de pensar en que la educación es uno de los caminos que conduce hacia el progreso y la liberación de un pueblo.
A medida que transcurrían los días, pude advertir que estos edificios, mientras se alzaban en dirección al cielo, tenían a los albañiles caminando en las alturas como malabaristas de circo, jugándose la vida a cada instante y desafiando la ley de la gravedad, con los pies en el vacío y desprovistos de indumentaria adecuada. Es decir, trabajaban sin equipos de seguridad laboral ni técnica, ya que no se desplazaban sobre andamios ni llevaban correas ni arneses para evitar un accidente que podía costarles la vida.
En honor a la verdad, sólo algunos usaban cascos de protección, muy parecidos a los que en otrora usaban los técnicos de la Empresa Minera Catavi. Otros, los más intuitivos y precavidos, llevaban a cuestas una bolsa para herramientas que, sujeta a la cintura con un grueso cinturón, les permitía tener a mano las herramientas de construcción, como el martillo, desarmador, pinzas, amarrador, plomada, cincel, espátula, escuadra y flexómetro dividido en centímetros y milímetros, y, como es natural, un cordel para materializar una línea recta sobre una parte de la construcción en curso.
Aun sin tener demasiados conocimientos en materia de arquitectura, entendía que el arquitecto era un profesional que se encargaba de proyectar, diseñar y dirigir la construcción de edificios, junto al maestro de albañilería que, a su vez, dirigía a los peones, dedicados al oficio de la construcción, reforma, renovación y reparación de viviendas y edificios, para cuyo efecto hacían uso de diversos materiales como el cemento, la arena, los ladrillos, la cal y otros, con el único propósito de poner de pie un establecimiento de gran envergadura, como era el caso de la universidad obrera que, al fin y al cabo, sería la expresión de la determinación de los trabajadores y el pueblo, que deseaban tener una institución educativa que representara a una población minera, que tenía una magnífica historia desde que empezaron a explotarse los yacimientos de estaño en las montañas de Llallagua y Siglo XX.
Acercase a esas construcciones, ascendiendo o descendiendo por una sinuosa ladera, era someterse a un inminente peligro; primero, porque la empresa constructora no cumplía con las medidas de seguridad para evitar que sus trabajadores corran el riesgo de perder la vida por un simple descuido y, segundo, porque no se veía por ningún lado retroexcavadoras, grúas ni vallas perimetrales, que separan la construcción de los espacios públicos, para guardar la seguridad de los transeúntes que pasaban y repasaban cerca de las obras en construcción. Sin embargo, se podía advertir la existencia de casetas para los vestuarios y el depósito de herramientas, como mezcladoras, mazos, palas, carretillas, cubos, serruchos, y una oficia para guardar los documentos referentes a la obra, como los planos, cálculos, memorias técnicas, etc.


A pesar de los altibajos y contratiempos, propios en las provincias y ciudades intermedias, los flamantes ambientes de la Universidad Nacional “Siglo XX” seguían avanzando con la obra gruesa, hasta que llegó el periodo en que se empezó con la obra fina. Entonces, los mismos albañiles, que antes parecían malabaristas de circo, se ocupaban de blanquear con cal y yeso las paredes, como maestros diestros en el manejo de una suerte de paletas triangulares, que utilizaban para extender la pasta sobre las superficies guarnecidas, alisando y comprimiendo la masa con el borde de la herramienta; en tanto otros, con las ropas raídas y manchadas con los materiales de construcción, se encargaban de sujetar los listones, puertas y ventanas, con grapas de metal disparadas por unos instrumentos similares a las pistolas de clavos.
A mi retorno de la ciudad de La Paz, después de un tiempo de ausencia, vi que los edificios estaban en su fase final, al menos aquél donde se exhibía un enorme cartel con la fotografía del rector de la universidad. Daba la sensación de que incluso intervenían otros profesionales encargados de la obra fina; unos ponían las baldosas y tapices, instalaban los lavabos, tazas de baño, puertas y ventanas; mientras otros se hacían cargo de instalar el agua potable, los transformadores de electricidad y los sistemas de seguridad contra incendios.
No cabe duda de que, al finalizar de este costoso y necesario proyecto, la empresa constructora se preguntará si los edificios cumplen con la idoneidad urbanística y la funcionalidad que requiere un establecimiento educativo. Para los demás, que no entendemos mucho sobre las técnicas empleadas en una obra arquitectónica plasmada sobre una superficie terrestre, es suficiente que los edificios, además de que su estructura estética sea digna de admiración y contemplación, cumplan con el propósito de satisfacer las necesidades de los docentes, estudiantes y administrativos de la Universidad Nacional “Siglo XX”.