Por: Víctor Montoya

La perorata de que “todo era mejor antes” no es más que una vuelta nostálgica hacia un pasado que no tiene ya cabida en el nuevo milenio, donde el respeto a los Derechos Humanos es y será, más que antes, uno de los pilares sobre el cual se erigirá la sociedad del presente y el futuro. 

El simple dicho: “todo era mejor antes”, equivale a decir que todo es peor en la actualidad; una afirmación que, sin embargo, para cualquiera que tenga dos dedos de frente, no es coherente por los avances que logró la humanidad a lo largo de su historia. Éste es el caso de la Declaración de los Derechos de los Niños, aprobada por las Naciones Unidas el 20 de noviembre de 1959.

Antes de esta fecha, como es de suponer, la situación de los niños no era mejor que en el presente, pues carecían públicamente de un conjunto de derechos y libertades inherentes a la naturaleza humana. No todos estaban conscientes de que los niños, por ejemplo, tenían derecho a una protección especial durante su desarrollo físico, emocional y social; a un nombre propio y a una nacionalidad; a tener alimentación, vivienda y atención adecuadas; a la comprensión y el amor de parte de sus padres y de la colectividad; a recibir educación gratuita y a disfrutar de los juegos; a ser el primero en recibir ayuda en casos de desastre; a ser protegido del abandono y la explotación laboral.

Según lo establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas, estos derechos elementales corresponden a “todos los niños sin excepción alguna ni distinción o discriminación por motivos de raza, color, sexo, idioma, religión, opiniones políticas o de otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento u otra condición, ya sea del propio niño o de su familia”.

A partir de la segunda mitad del siglo XX, mucho más que antes, se han modificado los preceptos de “patria potestad”, que conferían a los padres una autoridad total e incuestionable sobre su descendencia. Es decir, los padres, amparados en costumbres y tradiciones atávicas, disponían de la vida de los hijos como su propiedad privada, con derecho a hacer con ellos lo que mejor les pareciera. La autoridad del padre era tan temida como el látigo, él disponía de los hijos cual animales domésticos y su palabra era respetada como la ley. La madre y los hijos, en su condición de seres subalternos, debían permanecer callados y obedecer a pie juntillas todo cuanto determinaba el “jefe de familia”, según las normas establecidas por la sociedad patriarcal.

En la actualidad, a diferencia del pasado, las relaciones entre padres e hijos se han modificado gradualmente, impulsadas por el avance de las ciencias humanísticas y la información masiva, pero también gracias a que la percepción sobre la niñez se humanizó profundamente tras la explosión del interés en torno a los procesos que rigen el desarrollo emocional e intelectual del niño.

Si el psicoanalista Sigmund Freud argumentó que los deseos inhibidos en la infancia constituyen las fuerzas modeladoras fundamentales del desarrollo infantil y la formación de la futura personalidad humana, Erich Fromm, Karen Horney y Erik Erikson, entre otros, resaltaron la importancia del impacto del entorno social y de la cultura en la configuración de la personalidad del niño.

Las relaciones entre padres e hijos, en la actualidad, son mejores que en el pasado; por una parte, debido a que se derrumbaron los muros que separaban el autoritarismo de los adultos de la conducta sumisa de los niños; y, por otra, debido a que se respetan los derechos del niño con mayor legitimidad que antes. Por citar un caso: hoy son más los padres e hijos que discuten, en absoluta libertad y sin que nadie imponga su criterio como verdad única, sobre diversos temas concernientes al conocimiento humano.

Por eso mismo, no comparto el criterio retrógrado de que “todo era mejor antes”; por el contrario, pienso que los individuos del presente están mejor preparados que los individuos del pasado para convivir en una sociedad más pluralista y democrática. No en vano en la actualidad, más que antes, sea natural y común compartir los quehaceres domésticos, con igualdad de derechos y responsabilidades. Los hijos pueden cooperar en la cocina, el aseo y el lavado de la ropa, lo mismo que los padres pueden compartir los quehaceres escolares y las actividades extraescolares de sus hijos, como son los deportes y las vacaciones.

Otro de los cambios esenciales en la sociedad contemporánea tiene que ver con el desalojo del autoritarismo de las instituciones educativas, donde antiguamente se amordazaba la conciencia de los niños, bajo el pretexto de que el alumno debía obedecer y respetar la autoridad del profesor, quien, aparte de impartir los conocimientos del catecismo o los libros de texto, debía moldear la conducta de los alumnos sobre la base de una “pedagogía negra”, que legitimaba el autoritarismo del profesor y hacía estragos en el sistema escolar.

Entonces surge la pregunta obligada: ¿todo era mejor antes? De ninguna manera. No olvidemos que la escuela, que durante mucho tiempo siguió los pasos de una institución cuartelaría, jamás contempló el aspecto emocional y la situación psico-social del alumno y su entorno familiar. La escuela fue -y sigue siendo en alguna medida- una institución donde se aplicaba el bullying contra los alumnos de carácter más débil y se utilizaban las calificaciones, como instrumentos de poder, para someter a los alumnos de actitud rebelde.

No es casual que los alumnos de conducta sumisa, silenciosa y servil eran premiados, mientras los alumnos de actitud rebelde, que se oponían al sistema autoritario del profesor, eran castigados y corrían el riesgo de ser reprobados en los exámenes, a pesar de haber memorizado las lecciones y haberse tragado los libros de texto.

Esto demuestra que no “todo era mejor antes”; al menos si consideramos que en la actualidad, a diferencia del pasado, el profesor está obligado a usar métodos pedagógicos más modernos y a reconocer que el alumno es un sujeto activo y creativo, que no necesita premios ni castigos para forjar su personalidad y asimilar los conocimientos que le servirán en su vida familiar y profesional.

Otro de los avances significativos es el nuevo Código Niña, Niño y Adolescente, promulgado por el Estado Plurinacional, que defiende con mayor énfasis los derechos de los niños en todos los ámbitos de la sociedad, pues no sólo prohíbe los castigos en las instituciones educativas, sino que también establece el derecho a la información sexual y reproductiva para prevenir las vejaciones contra infantes y adolescentes; una normativa que protege, de un modo general y con justa razón, a los alumnos que antes eran el blanco de los castigos físicos y psicológicos.

En síntesis, me niego a aceptar la perorata de que “todo era mejor antes”, sobre todo, si parto del criterio lógico de que el hombre, desde cuando se irguió de su condición de primate, se hizo más racional y tolerante. La prueba está en que hoy, al menos en los países más democráticos, se respetan los Derechos Humanos -incluidos los derechos de las mujeres y los niños-, con mayor naturalidad que en el pasado, aunque no por eso estemos libres de los atropellos que a diario se cometen, tanto en el ámbito público como privado, a nombre de las leyes divinas y la tradición cultural.