Por: Víctor Montoya

Cuando retorné a la ciudad de Llallagua, después de muchos años de ausencia, vi en todos los noticieros de la televisión local la imagen de un hombre uniformado, que respondía al nombre de Arturo Bautista. Poco después me enteré de que era el intendente municipal, quien se ocupaba de organizar operativos para controlar el ordenamiento del tráfico vehicular y la calidad de los alimentos en los mercados; una actividad que, a su vez, consistía en reubicar a los vendedores ambulantes y minoristas en nuevos campos feriales, para evitar que realicen su actividad comercial allí donde los peatones tenían dificultades para transitar de un lado a otro, ya que tanto los transportistas como los comerciantes avasallaban arbitrariamente las aceras y calzadas.

Un personaje visible en la ciudad
Desde aquella primera ocasión en que lo vi en la pantalla chica, se me hizo una costumbre verlo casi todos los días en los noticieros, informando sobre las peripecias de su trabajo a los pobladores, quienes, de tanto verlo y escucharlo, lo conocen como si fuera un miembro más de su familia, así no sepan cuántos años tiene y en qué calle vive, si tiene o no familia, si disfruta de algún pasatiempo fuera de su trabajo y si está o no conforme con su labor de intendente municipal.

Arturo Bautista, como todo funcionario del orden público, lleva una libreta de apuntes en el bolsillo y una cartilla con las ordenanzas bajo el brazo; luce la seriedad de una autoridad con potestad y está siempre ataviado con su uniforme de “policía municipal”, para que no lo confundan con cualquier hijo de vecino. Aunque en su caso, no creo que nadie lo confunda con el cartero, el heladero o el oficial de la Escuela de Policías, habida cuenta de que, de tanto aparecer en los informativos de la televisión local, se ha convertido no sólo en un personaje visible, sino que también en una parte del ornamento de la ciudad, donde brilla con su presencia, su inconfundible uniforme de color azul, engalanado con sus inscripciones bordadas en el brazo y el pecho de su chamarra, la gorra con visera calada hasta las cejas y la mirada al acecho de los infractores.

Siempre que se lo ve merodeando por plazas y calles, unas veces solo y otras junto a sus compañeros de la Intendencia, causa revuelo entre los infractores reincidentes que, apenas lo divisan a la distancia, se ponen con los nervios de punta y esconden la cabeza como el avestruz, en un intento por esquivar el control de los intendentes, porque saben que ellos, que son las máximas autoridades del orden público, tienen carta blanca para hacer cumplir las ordenanzas municipales con todo el peso de la ley.

Con las ordenanzas municipales en mano
El amigo Arturo Bautista, en cumplimiento de sus atribuciones, intenta socializar y aplicar a raja tabla las normas de urbanismo establecidas por la Intendencia, que es el brazo operador del Gobierno Autónomo Municipal de Llallagua, no sin antes discutir con los comerciantes, transportistas y propietarios de locales de expendió de comidas y bebidas alcohólicas que, como en acto de desacato y rebeldía, incumplen olímpicamente las ordenanzas municipales, como si estuvieran en tierra de nadie, donde no impera la ley sino el libre albedrío.

Una tarde, mientras el autotransporte hacía de las suyas en la Plaza 6 de agosto, lo detuve en seco y, extendiéndole la mano amiga, lo felicité por su encomiable labor. Él apretó mi mano y me agradeció por el gesto.

–Así estés rodeado de varios enemigos entre los transportistas y comerciantes, puedes contar con mi apoyo y solidaridad –le dije con franqueza–. Yo pienso también que es necesario imponer el orden, la limpieza y el reordenamiento vehicular…

Él asintió con un movimiento de cabeza y, despidiéndose de prisa, como estresado por el cumplimiento del deber, prosiguió su camino calle abajo, con un montón de tareas pendientes, como controlar el comercio informal, inspeccionar el tráfico vehicular, supervisar el precio y la calidad de los alimentos, para garantizar la inocuidad alimentaria de la población que, acéptese o no, es la más favorecida por la acción de la unidad de la Intendencia municipal.
   
Sin embargo, para cualquiera que ande y desande por las calles principales de Llallagua, parece que de nada sirve el haber socializado las ordenanzas municipales, el haber concientizado a los comerciantes y conductores de autos “chutos”, ya que la anarquía y el desorden siguen a la orden del día, ante la mirada pasiva de los ciudadanos de a pie.

Los operativos en calles y mercados
Arturo Bautista, que controla las calles en horario diurno y nocturno, da la impresión de tener la mano dura y ser dueño de una personalidad insobornable, aunque en el fondo de su alma es un ser sencillo y sensible. Si actúa de manera implacable es simplemente por cumplir con su trabajo, que está respaldado por las ordenanzas municipales que deben cumplirse por las buenas o por las malas.

Sus operativos tienen la finalidad de poner orden en la ciudad, limpiando las calles de vendedores que ejercen el comercio informal y exigiendo orden en el tránsito vehicular, para que los peatones, tanto niños como adultos, tengan mayor espacio para movilizarse de una calle a otra y de una acera a otra. Y no como ocurre ahora que, tanto los conductores como los tenderos, obstruyen el paso de los peatones, quienes tienen que pelearse cotidianamente con los transportistas y comerciantes, que congestionan el espacio público como si fuese su propiedad privada y no un bien colectivo de toda la población.

Los miembros de la Intendencia, que no hacen otra cosa que exigir disciplina, higiene y responsabilidad, son los más criticados y vilipendiados por transportistas y comerciantes, que no dudan en agredirles verbalmente, como una forma de poner resistencia a la incautación de sus productos comerciales o negarse a pagar las sanciones pecuniarias, que les duele en el bolsillo y en el alma, aun sabiendo que su modo de proceder infringe la normativa municipal y que se merecen una sanción estipulada por ley.


Controles “sorpresa” en locales clandestinos
En cierta ocasión, cuando le hicieron una entrevista en uno de los canales de la televisión local, Arturo Bautista contó que durante ese día realizaron un control “sorpresivo” del manipuleo de los alimentos y el estado de los mismos. Demostró, con pruebas contundentes en la mano, que decomisó algunos productos que no contaban con el registro sanitario y tenían la fecha de vencimiento caducada. Habló con voz dubitativa y con un gesto que denotaba cierta desilusión, lo que me hizo suponer que no tuvo un buen día ni una tarea fácil, y que se ganó más enemigos entre los comerciantes, quienes son capaces de vender incluso piedras del río como si fueran piedras preciosas. 

Cuando un día lo encontré en la terminal de autobuses, sin su uniforme de “policía municipal”, lo aborde por la espalda y aproveché para reiterarle mis agradecimientos por la tesonera labor que realiza contra viento y marea. Él se sorprendió al verme y me contó que estaba con permiso del trabajo. Fue entonces que le pregunté en son de broma:

–Dime una cosa, Arturo. Si todos los días te buscas tantos insultos y enemigos entre los infractores de la ley, ¿qué te dice tu esposa cuando llegas a casa? Supongo que no siempre estás de buen humor, ¿verdad? ¿O las broncas te las haces pagar con ella?...

Él, asediado por mis preguntas, se limitó a esbozar una sonrisa amable, dio un paso atrás y nada me contestó.

En una población en constante crecimiento demográfico, es normal que proliferen los bares clandestinos y las cantinas nocturnas, que funcionan sin licencia en las zonas periféricas de la ciudad, donde los jóvenes, bajo los efectos de las bebidas espirituosas, protagonizan escenas de escándalo y hasta de violencia desenfrenada. Es entonces que la unidad de la Intendencia desata una “batida” en bares y cantinas. De las inspecciones “sorpresas” no se salvan las discotecas ni los karaokes que tienen las puertas abiertas hasta altas hora de la noche; cuando en realidad, según reza la ordenanza, está prohibido que los locales de servicio público atiendan a los clientes después de las once de la noche.

Una labor para precautelar la salud ciudadana
Si la unidad de la Intendencia, en sus regulares recorridos, más conocidos como “peinados”, encuentra a un propietario que no cuenta con su licencia de funcionamiento legal otorgado por el gobierno municipal, pasan a requisar el local de rincón a rincón y, si por alguna casualidad detectan bebidas alcohólicas adulteradas y de dudosa procedencia, no vacilan en confiscarlos para preservar la seguridad de los consumidores que, muchas veces, por falta de control, se vacían las botellas de “veneno” entre pecho y espalda.

Arturo Bautista, en su afán por mejorar el sistema administrativo de los comerciantes y precautelar la salud de la ciudadanía, realiza operativos de inspección en los mercados en los que, casi siempre, encuentra productos alimenticios en mal estado, que son una verdadera amenaza contra el bienestar de los consumidores; al menos, si nos atenemos a las determinaciones de las instituciones encargadas en el verificativo del control de los productos alimenticios. Por si fuera poco, en estos operativos no están libres del control ni las balanzas; si las encuentran descalibradas o “robadas”, debido a que las vendedoras tienen el objetivo de ganar un poco más a costa del desequilibrio, las decomisan hasta que las vendedoras se comprometen a no volver a vulnerar las ordenanzas emitidas por la Alcaldía.  

No pocas veces se lo vio inspeccionar restaurantes y puestos de comida ligera. Si éstos presentan un ambiente insalubre, falta de higiene en la manipulación de los alimentos o cocinas en pésimas condiciones, decomisa las ollas, platos, vasos y utensilios que no cumplen con los mínimos requisitos de salubridad. Y para que nadie le reclame por los objetos decomisados, creyendo que él y sus colegas se los llevan a casa o los venden en un “mercado negro”, Arturo Bautista convoca a la prensa para demostrar que los mismos son reducidos a nada por las ruedas de un camión de alto tonelaje.

Un ejemplo como funcionario municipal
El intendente Arturo Bautista, al margen de ser persona reservada y hasta reticente, da la impresión de ser un empleado público honesto, modesto e insobornable, como muy pocos individuos en una sociedad atravesada transversalmente por la corrupción y la desidia. Es, sin lugar a dudas, uno de los pocos funcionarios municipales que cumple con su deber a pie juntillas, sin esperar que nadie lo alague ni lo premie. Lo importante es hacer cumplir las sanciones estipuladas por el Gobierno Autónomo Municipal de Llallagua, acomodándose a la altura de quienes, en las buenas y en las malas, haga calor o haga frío, están siempre dispuestos a emprender una batalla para que el municipio tenga un aspecto más atractivo y presentable.

Por lo demás, desde el día en que nos conocimos en persona, nos saludamos cada vez que nos cruzamos en la calle, como si fuésemos dos viejos amigos, dos Quijotes empeñados en seguir luchando contra molinos de viento. No será fácil reordenar el comercio ni el transporte, pero tampoco será imposible. Todo dependerá de que todos y cada uno de los pobladores hagamos conciencia de que una ciudad ordenada y limpia es siempre un poquito mejor que una ciudad desordenada y sucia.