Por: Víctor Montoya

A pesar del tiempo transcurrido desde que terminé la educación secundaria, aún recuerdo que los libros, establecidos como textos de enseñanza obligatoria en las asignaturas de lenguaje y literatura, no despertaron mi interés por abrazar la lectura como un hábito en mi vida, probablemente porque me resultaban textos de difícil comprensión, con personajes ajenos a mi realidad, con temas contextualizados en tierras lejanas y épocas pretéritas, como “Don Quijote de la Mancha”, “El Cid Campeador”, “La Ilíada” o “La Odisea”.

De modo que siempre he considerado que los libros recomendados por los “tecnócratas de la educación”, en la enseñanza de lenguaje y literatura, no estaban contemplados desde la perspectiva de los estudiantes, sino desde la visión de los llamados “expertos en literatura”, quienes fijaban los parámetros para impartir los conocimientos en torno a las “bellas artes” y cultivar la comprensión lectora de quienes asistíamos a clases saturados por los deberes y demás libros de texto.
 
Los estudiantes de mi generación, de un modo general, no tenían apego a los libros y mucho menos a la lectura, aunque vivían en una época en la que no existían las herramientas electrónicas como el celular, la computadora, los videojuegos, el Internet, la Tablet y otros medios digitales de las nuevas tecnologías de comunicación que, desde que irrumpieron en los hogares y las instituciones educativas, le robaron protagonismo a los libros en soporte papel.

Con todo, debo reconocer que las novelas y cuentos de autores nacionales estaban más cerca de mi realidad y al sociolecto de los estudiantes de las poblaciones mineras como Siglo XX, Uncía y Llallagua, donde muchos de mis compañeros, cuyos padres eran trabajadores de la Empresa Minera Catavi, tenían como lengua materna el quechua y el aymara; interferencias idiomáticas que no les permitían comprender el “lenguaje elaborado” de los libros de texto que, más que incentivar su hábito de la lectura, les provocaba un franco rechazo de la asignatura de lenguaje y literatura, que se impartía de manera mecánica, memorística y con métodos didácticos inapropiados.

No sé si todos comparten esta experiencia personal, pero lo cierto es que un sistema educativo poco creativo y dinámico, más que estimular el hábito de la lectura en los estudiantes, quienes deben ser los verdaderos artífices de su propio desarrollo intelectual, los alejaba del mundo de las letras y del goce estético que debe proporcionar la lectura de una literatura destinada a todos los niveles de enseñanza, ya que existen libros para todas las edades, intereses, contextos sociales, culturas y lingüísticos.

La lectura en el ámbito familiar

Los buenos libros, que recrean hechos y personajes de la vida real o ficticia, no siempre llegan de la mano de los profesores, sino a través del ámbito familiar donde se cuenta con una pequeña biblioteca y unos padres que, por razones de trabajo o por el simple gusto de sumergirse en el maravilloso mundo de la literatura, tienen el hábito de leer como un ejercicio cotidiano.

Éste es un buen ejemplo de que la lectura debe ser un momento de distracción y regocijo, y no una tarea obligada, difícil y tediosa, que termina por matar el interés del estudiante, quien acaba por arrojar el libro por los aires, convencido de que la literatura es una materia aburrida que debía suprimirse del programa de educación primaria y secundaria, así tenga el propósito de impartir conocimientos, mejorar la dicción y la ortografía, casi siempre con un diccionario al alcance de la mano.

Está demostrado que los niños que no aprenden a valorar la importancia del libro en el seno familiar, difícilmente lo harán en otro sitio. De ahí que los maestros de lenguaje y literatura, que se enfrentan a estudiantes que no adquirieron el hábito de la lectura desde la infancia, tienen problemas en el proceso de enseñanza, aparte de que el programa escolar no siempre contempla libros que responden al desarrollo idiomático, al interés y la edad de los educandos.

No es casual que sólo el 5% de los estudiantes leen algún libro por interés personal, mientras que el 95% lo hace por cumplir con una obligación impuesta por el sistema de enseñanza, que no suele coincidir con el interés de los estudiantes ni formar a los futuros lectores de la gran literatura universal.

Libros menos extensos y con lenguaje accesible

Cuando no se tiene el hábito de la lectura, un libro demasiado extenso, un mamotreto de más de quinientas páginas, no es demasiado motivador para un estudiante que no tiene la costumbre de leer; por el contario, le resulta bastante frustrante y no le queda otra alternativa que abandonarlo. En estos casos, lo recomendable es poner en sus manos libros menos extensos, que no demanden mucho tiempo, que tengan un lenguaje accesible para su edad y traten temas que motiven su interés. Cuando haya finalizado la lectura del libro, es probable que se sienta estimulado para tomar otro nuevo que, de igual manera, le despierte la curiosidad por descubrir los misterios que el autor esconde entre las páginas.

Si se parte del criterio de que la lectura debe estar asociada al placer, entonces es lógico que lo primero que deben leer son libros cuyos temas atrapen su interés, y no los llamados “clásicos de la literatura universal” que, por su propia naturaleza, abordan temas ajenos a su interés y con un lenguaje que no les permite comprender ni asimilar el contenido de lo que leen. Por lo tanto, está claro que un libro debe ser elegido de acuerdo al desarrollo emocional, intelectual y lingüístico del lector, pues para un niño de 10 años no es lo mismo leer “Mafalda” de Quino, que “Ulises” de Joyce. Si el niño no entiende lo que está leyendo, lo más seguro es que se aburrirá al instante y, de pasadita, le cogerá tirria a la lectura, convencido de que leer un libro es tan complicado como aprender de memoria las reglas gramaticales del lenguaje.

En síntesis, el objetivo de la enseñanza en la asignatura de lenguaje y literatura, en lugar de constituir una materia aburrida y compleja, debía estar orientada a hacerle comprender al estudiante que la lectura de un libro no es una “lección” difícil ni una “tarea” para el examen de fin de año, sino una materia divertida, como cualquier otra actividad lúdica de su tiempo libre, salvo que la lectura le servirá a lo largo de la vida y de la que aprenderá tanto como los conocimientos que le importen sus profesores a lo largo del año escolar.