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22/5/13

A cuatro años de la muerte de Guillermo Lora

Por Víctor Montoya

No lo conocí en mi infancia, a pesar del vínculo familiar que nos une. Sin embargo, por los elogiosos comentarios que escuché sobre su vida y obra, siempre lo imaginé como a un hombre excepcional, quizás porque inspiraba un profundo respeto entre los suyos o, quizás, porque entonces era ya un personaje que formaba parte de la historia nacional y universal; destacó como una de las mentes más lúcidas de la intelectualidad latinoamericana y como el líder indiscutible de una de las organizaciones políticas más influyentes en el seno del movimiento obrero del siglo XX.

A mediados de 1975, tras la escisión del Partido Obrero Revolucionario (P.O.R.) y en vísperas de la realización del XXIII Congreso en la ciudad de La Paz, me enfrenté por primera vez a ese personaje legendario, cuyo nombre me pesaba en la mente y que de sólo mirarlo a los ojos me provocó una sensación de inferioridad, a tal extremo que, ante su mirada fija y penetrante, se me desordenaron las ideas y las palabras. Estaba sugestionado por su personalidad que se imponía de manera natural y no salía de mi asombro luego de haberle estrechado la mano y habernos fundido en un abrazo silencioso pero afectivo.

Clausurado el Congreso, aquella frígida mañana de junio, aguardamos el alba para ganar la calle y desaparecer de la vigilancia policial. Todos tomaron su rumbo y yo el rumbo que tomó Guillermo. Mientras recorrimos por las calles empinadas de la ciudad, hacia la casa donde estaba clandestino, no volví a mirarle a los ojos, me limité a escuchar su voz que desprendía vahos al salir de su boca. No recuerdo con exactitud lo que me dijo, pero sí el instante en que un peso descomunal se me instaló en el cuerpo y descendió vertiginosamente hacia mis pies, como si por primera vez estuviese experimentando la ley de la gravedad.

Desde ese momento, que para mí se hizo eterno, caminé con pies de plomo, no por el cansancio ni el desvelo, sino porque estaba al lado de un hombre en el que uno podía hallar toda la seguridad del mundo; esa seguridad que viene acompañada por las convicciones ideológicas, los avatares de la vida y la experiencia de quien aprendió a foguearse en los períodos más álgidos de los regímenes dictatoriales y la represión política.

Cuando llegamos a la casa, luego de trepar por una calle angosta desde donde se podía dominar una parte de la ciudad, ascendimos por unas gradas hacia un patio en el que había un cuartucho del tamaño de una celda, y por cuya puerta, de algo más de un metro de alto, se deslizó Guillermo agachando la cabeza. En el interior no había más que lo indispensable: una cama, una máquina de escribir y una caja sobre la cual estaba la estufa para cocinar. No podían faltar los libros, folletos, periódicos y, debajo de la cama, un orificio donde se escondía el mimeógrafo cubierto por un cartón camuflado con una capa de tierra escarbada del mismo piso. 

En ese cuartucho donde apenas cabíamos los dos, pero que en mi imaginación se tornaba en un maravilloso castillo de sólo pensar que estaba al lado de una biblioteca viva y un analista político de primera línea, aprendí a conocer el mundo fascinante del panfletista. Allí pasé varios días como en estado de levitación y dormí varias noches acurrucado a los pies de Guillermo, observando de soslayo todo lo que hacía y escuchando con atención todo lo que decía. Tanto sus acciones como sus palabras dignificaban una vida dedicada a la investigación, la polémica y la crítica implacable contra los gobiernos oligárquicos, nacionalistas, dictatoriales, neoliberales y pro-imperialistas. 

No es exagerado afirmar que su persona, desde la alborada hasta el ocaso, encarnaba una disciplina admirable y era un ejemplo del revolucionario que no escatima esfuerzos en el cumplimiento de su deber, a pesar de las privaciones impuestas por la dura vida clandestina. Escribía desde las primeras horas de la mañana y leía hasta muy entrada la noche, casi siempre con un bolígrafo al alcance de la mano.

De aquello días que pasé con ese hombre que hizo de la pasión revolucionaria el eje de su vida y obra, recuerdo dos anécdotas: la primera, la tarde en que olvidé comprárselo el periódico, sin sospechar que para él era como el pan de cada día y, la segunda, aquella mañana en que, sentado en el borde de la cama y con la máquina de escribir sobre las rodillas, redactaba un artículo directamente en el esténcil mientras conversaba conmigo.

A tiempo de despedirnos, me prometí a mí mismo que, de repetirse la experiencia de pasar unos días junto al máximo exponente del marxismo boliviano, se lo compraría el periódico sin falta y no volvería a incurrir en el error de discutirle con argumentos propios de la estupidez humana.

Dos años más tarde, a principios de junio de 1977, cuando ya me encontraba en el exilio, nos vimos en una conferencia organizada por el CORCI en París, donde asistí con la firme decisión de plantearle mi retorno a Bolivia; más todavía, quería retornar junto con él, quien tenía pensado ingresar clandestinamente por la frontera del Perú. Mi sueño no se concretizó; por el contrario, un cruce de palabras y un malentendido nos distanció de una manera por demás extraña.

Desde entonces no volví a conversar a solas con Guillermo, pero su imagen, de hombre pulcro e inteligente, permaneció viva e intacta en mi memoria. Cuando me llegó la fatal noticia de su deceso, sentí que se nos fue el mejor bolchevique boliviano. No obstante, así sus enemigos batan palmas y se regocijen por su partida, tengo la certeza de que su obra, reunida en casi setenta volúmenes, le sobrevivirá en el tiempo y el espacio, debido a que constituye un invalorable legado en manos de los revolucionarios y estudiosos de la historia del movimiento obrero boliviano. 

A mí me tocará leer y releer sus escritos relacionados con el arte y la literatura; una temática que conocía a fondo y a la cual dedicó buena parte de su talento y energía, consciente de que la realidad social se refleja en las distintas facetas de la creación humana; una tesis que no dudó en sostener a lo largo de su vida, desde cuando fue cautivado en su juventud por el libro “Literatura y revolución”, de León Trotsky.

No sé si algún día, siguiendo al pie de la letra sus consejos, me anime a escribir eso que él denominaba “la gran novela minera”, pero de una cosa sí estoy seguro: jamás aprenderé a escribir mientras converso, porque esa destreza natural de hablar y escribir al mismo tiempo, era un don que sólo tenía Guillermo, un hombre que definió su conciencia y vocación revolucionaria desde el día en que su padre, que ocasionalmente se encontraba en Oruro, le enseñó una fotografía en el taller de peluquería de Gumercindo Rivera, sobreviviente de la masacre de Uncía.

Allí -recuerda Guillermo-, su padre, don Enrique Lora, puso la fotografía ante sus ojos azorados y preguntó: “¿dónde estoy?”. “Ahí, casi al centro, estaba Enrique Lora, lleno de carnes, de mediana estatura, en plena juventud y ostentando espesos bigotes y sombrero embarquillado”. Es más, en la fotografía “se veía el suelo cubierto de toscas frazadas tejidas por manos indias, que cubrían varios cadáveres, rodeados por un grupo de personas de aire desafiante, aunque melancólico y que sostenían un estandarte que llevaba la inscripción de ´Federación Obrera´. La escena trasudaba tragedia”. Estas palabras, que forman parte del prólogo de “La historia del movimiento obrero”, su obra cumbre recogida en varios tomos, nos dan la pauta para entender mejor el porqué Guillermo se hizo revolucionario profesional y dedicó su vida a la causa de la dirección política del proletariado; una causa sustentada por sólidos principios ideológicos que no abandonó hasta la hora de su muerte, acaecida en la ciudad de La Paz el 17 mayo de 2009.

8/3/13

Las africanas en el Día Internacional de la Mujer

Por: Víctor Montoya

Cada 8 de marzo, como todos los años, algunas celebran el Día Internacional de la Mujer entre bombos y platillos, mientras otras permanecen recluidas entre las cuatro paredes del hogar, ajenas a los actos y los discursos que se pronuncian en su honor. Éste es el caso de las mujeres pobres que viven en los países más pobres de este pobre planeta, como las africanas que son víctimas de la ablación genital, el desprecio y el olvido.

A estas alturas de la historia, cuando los avances de la ciencia y la tecnología nos deslumbran cada día, es horroroso constatar que millones de mujeres sufren la mutilación en los genitales, sin considerar los efectos negativos que tienen en las relaciones sexuales de una pareja. Las “intervenciones quirúrgicas” se realizan casi siempre sin anestesia, con instrumentos que carecen de esterilidad y en un entorno desprovisto de las condiciones higiénicas necesarias.

Según informes de la revista “Populi” -del fondo de Población de las Naciones Unidas-, esta brutal “operación” es una tradición milenaria que subsiste en varios países del continente africano, donde vive el mayor por ciento de mujeres mutiladas genitalmente. En Somalia, Eritrea, Etiopía, Sudán, Arabia Saudita, Togo y Egipto, casi la totalidad de las mujeres del ámbito rural han sufrido alguna variante de la mutilación en los genitales antes de alcanzar el umbral de la pubertad.

La ablación genital, a pesar de estar prohibida oficialmente en Asia y África, es un ritual indispensable establecido por la sociedad tribal, con el fin de controlar los impulsos sexuales de la mujer, quien, según las normas de determinadas etnias, debe conservar su virginidad hasta el matrimonio, sentirse sumisa y desvalorada ante la supremacía masculina.

Esta práctica ritual, contrariamente a lo que muchos se imaginan, se remonta a tiempos muy antiguos. La mayoría de las civilizaciones de Oriente, los hititas, asirios, egipcios y luego los judíos asociaron esta costumbre con la religión y llegó a formar parte de la cultura de estas civilizaciones. Según una leyenda islámica, Agar, concubina de Abraham y madre de Ismael, fue la primera mujer mutilada genitalmente. Esta práctica se realizaba para asegurar la fidelidad y la castidad de la mujer, y así evitar que sea más proclive a los placeres del sexo y la infidelidad.

Los mahometanos circuncidaban a los niños varones y mutilaban sexualmente a las mujeres, y según esta costumbre, ningún hombre que se respetara aceptaría por esposa a una mujer no mutilada. En árabe, la palabra “ablación” se designa con varios nombres: sello sagrado, pureza y reglamento de fe. Si una criatura fallecía, sin haber sido mutilada, ésta recibía el apelativo de “inmunda”. Rehuir esta tradición milenaria, en naciones donde los derechos de la mujer no se respetan ni se mencionan, implica contravenir las normas y leyes establecidas por el clan de los ancianos, cuya función de autoridades supremas les concede el derecho de hacer cumplir las tradiciones conforme a lo determinado por sus ancestros.

En las tribus africanas se practica la ablación general entre las niñas de cinco a doce años de edad, precedida por una larga ceremonia reglamentada por un sistema patriarcal que, aparte de ser una estructura histórica-cultural, es la institucionalización del dominio masculino sobre la mujer y sobre la sociedad en general. No es casual que el hombre pueda, con toda legitimidad, arrebatarle la vida a una mujer acusada de adúltera. El sistema patriarcal, como por mandato divino, establece que el rol tradicional de la mujer es criar a los hijos, obedecer al marido y cumplir con los deberes domésticos. La mujer, al ocupar los escalones más bajos de la pirámide social, no puede gozar de los mismos derechos que el hombre, quien, por su parte, le impiden levantar la voz y enfrentarse a un sistema que controla su sexualidad y la oprime a lo largo de su vida.

De acuerdo con un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se sabe que después de la mutilación se presenta una alta incidencia de morbilidad y mortalidad femenina, ya que la ablación -extirpación total o parcial del clítoris- se realiza con instrumentos rudimentarios que van desde una hoja de afeitar hasta un pedazo de vidrio. Las “operaciones”, además de ser riesgosas, son de diferentes grados. Así, la infibulación, conocida también como circuncisión faraónica, consiste en colocar un anillo u otro obstáculo en los órganos genitales para impedir el coito. Se secciona una parte del clítoris o de la piel que lo recubre, llegándose a extirpar en algunas tribus incluso los labios menores y coser la abertura, dejando apenas un pequeño orificio para dar paso a la orina, la menstruación y las secreciones vaginales.

A largo plazo, como es natural, los efectos de estas costumbres tribales suelen provocar trastornos urinarios, infecciones genitales crónicas, disfunciones sexuales y partos complicados que conducen a la muerte. Por éstas y otras razones, la Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que la ablación genital es nociva para la salud y un atentado flagrante contra los derechos de la mujer, puesto que la integridad no se trata de identidad cultural ni de un designio religioso, sino de Derechos Humanos, y que la defensa del goce sexual es una parte importante de la emancipación femenina.

Ojalá que cada vez que se celebre el Día Internacional de la Mujer, a tiempo de reafirmar las conquistas alcanzadas por las mujeres del mundo Occidental, se afiancen las reivindicaciones de las mujeres africanas, quienes necesitan del concurso de todos para liberarse de las tradiciones patriarcales que, como si fuesen las cadenas de la esclavitud, las dejan profundas secuelas en el cuerpo y en el alma.

7/1/13

Coca y cocaína

Por: Víctor Montoya

La coca, cuyas hojas se cosechan cuatro veces al año, es un arbusto originario de América del Sur, donde los indígenas la cultivan desde tiempos inmemoriales, aunque en la actualidad se la cultiva también en otros países tropicales y subtropicales como Jamaica, Ceilán, Indonesia y Australia.

Las hojas de la coca, que en principio fueron utilizadas por los aymaras y quechuas con fines ceremoniales, medicinales y moderadamente recreativos, fueron traídas a Europa por los conquistadores junto con el tabaco y el café, debido a que dan una sensación de bienestar, no alucinatoria, que permite superar el hambre, el cansancio y el abatimiento. De ahí que los indígenas hacen un alto en el trabajo cotidiano para masticar hojas de coca, mezclando el amasijo con saliva, “lejía” (pasta sólida hecha de alcalinos y ceniza) y manteniendo éste durante largo tiempo entre los molares y la cara interna de la mejilla, donde se extrae el jugo de la coca, que pasa luego a la sangre a través de las membranas mucosas de la boca, haciendo que la lengua y el carrillo queden adormecidos, como cuando se está terminando el efecto de la anestesia. Sin embargo, la mayor cantidad del jugo extraído va a dar en el estómago y los intestinos, sin provocar ningún tipo de reacción alucinógena.

El “akullico” (masticación de hojas de coca), que empezó como un acto sagrado entre los incas, se generalizó durante la colonia y se introdujo en el laboreo de las minas, donde los indígenas debían cumplir la mita (jornada de trabajo en el interior de la mina), impuesta por los colonizadores ávidos de riquezas. Desde entonces, el “akullico” (pijcheo, en quechua) se mantuvo como una parte importante en la vida de los mineros, quienes, antes y después de explotar los socavones a 4000 metros sobre el nivel del mar, mastican las hojas de coca para resistir el cansancio, la sed y el hambre.

Hoja andina, hoja divina

Cuando Francisco Pizarro conquistó el imperio de los incas en 1533, constató que los indígenas masticaban las hojas secas de un arbusto a la que más tarde los científicos denominarían “Erythroxylon”. Los cronistas de la época dejaron constancia de que el uso de la coca, bajo el concepto de derecho divino, era exclusivo para los “principales” del Tawantinsuyo, quienes estaban convencidos de que la coca era un regalo de los dioses. En efecto, los incas prohibían el uso de la coca entre las castas inferiores de su imperio y la prescribían sólo en casos especiales. El Inca Garcilaso de la Vega, historiador y cronista peruano, ratificó en uno de sus escritos esta afirmación: “...la yerba llamada coca, que los indios comen, la cual entonces no era tan común como ahora, porque no la comía sino el Inca y sus parientes y algunos curacas (autoridades indígenas), a quienes el rey, por mucho favor y merced, enviaba algunos cestos de ellas por año”.

Consumada la conquista del imperio incaico, los hijos del sol obsequiaron a los españoles esta planta asombrosa, “que sacia a los hambrientos, da fuerzas nuevas a quienes están fatigados o agotados y hace olvidar sus miserias a los desdichados”. Con el transcurso del tiempo, el uso de las hojas de coca empezó a extenderse en las tierras conquistadas, donde las autoridades de la colonia incentivaron entre los indígenas que trabajaban en las “encomiendas” y la explotación de las minas de plata, habida cuenta que los mitayos, que masticaban hojas de coca, no comían tanto y aguantaban mejor el trabajo al cual eran sometidos a sangre y fuego.

Hoja satánica, hoja prohibida

A mediados del siglo XVI, el Primer Concilio Provincial, realizado en Lima en 1551, se dirigió al rey de España para pedirle que sancione una cédula real que prohíba en las Indias españolas la producción, comercialización y consumo de la coca, arguyendo que este arbusto, más que poseer valores nutritivos, tenía propiedades satánicas, ya que los indígenas la usaban para fines maléficos, como la adoración o invocación a Satanás. El Segundo Concilio Provincial, en 1567, reafirmó su rechazo al consumo de la hoja de coca en el que incurrían los indígenas, y en el título XIV de la Recopilación de Leyes de Indias se dice: “Somos informados que de la costumbre que los indios del Perú tienen en el uso de la coca, y su granjería, se siguen grandes inconvenientes, por ser mucha parte de sus idolatrías, ceremonias y hechicerías, y fingen que trayéndola en la boca les da más fuerza, y vigor para el trabajo, que según afirman los experimentados es ilusión y Demonio, y en su beneficio perecen millares de indios, por ser cálida y enferma la parte donde se cría”.

De modo que la coca, que la cultura incaica la cultivó otorgándole poderes divinos, fue vista por la Iglesia católica como una yerba satánica y maligna, cuyo uso atentaba no sólo contra las buenas costumbres humanas, sino también contra la moral cristiana.

Milagros y estragos de la cocaína

La coca, cuyo origen se remonta al período post-glacial en estado silvestre, fue asimilada y domesticada por los indígenas que habitaban en los descuelgues del macizo andino, hasta que los conquistadores la introdujeron en Europa, donde los científicos le dieron el nombre de “Erythroxylon coca”, debido a su compuesto químico, del cual la cocaína es uno de sus alcaloides más conocidos.

El alcaloide puro fue aislado por primera vez en 1860 por el químico alemán Niemann, quien observó que tenía sabor amargo y producía un efecto curioso en la lengua, dejándola insensible. Pocos años después, Ángelo Mariani se hizo famoso con la fabricación de un brebaje al que se atribuía propiedades mágicas, pues recibía cartas y saludos de todo el mundo, mientras se aplaudía las virtudes de su compuesto químico, introducido en el arsenal médico como anestésico local.

El psicoanalista Sigmund Freud, que consumió cocaína por vía intravenosa durante doce años, utilizó el hidroclorato de cocaína para enfrentar la depresión severa de sus pacientes. Freud estudió sus efectos fisiológicos y usó para curar a uno de sus colegas del hábito de la morfina. También se afirma que el escritor Robert Louis Stevenson concibió la novela “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” bajo los efectos de la cocaína, que su médico le suministraba para combatir su padecimiento de tuberculosis.

La cocaína, al margen de su limitado empleo en la medicina, se ha convertido en uno de los negocios más rentables de los últimos tiempos, a pesar de que su uso ilícito provoca accidentes y trastornos irreparables en la vida de sus consumidores, pues la intoxicación por este alcaloide es, sin lugar a dudas, una de las más desastrosas en el ámbito de la salud pública. Inicialmente origina una euforia activa, con una sensación de vigor, ligereza, audacia y resistencia; pero a esta fase eufórica, que aumenta el dinamismo sensorial, le sigue una fase de apatía, de la cual el individuo intenta salir mediante nuevas dosis, iniciándose de esta manera un círculo vicioso y la consiguiente adicción a la droga.

Con todo, se debe aclarar que no es lo mismo “akullicar” (masticar hojas de coca), como lo hacen tradicionalmente los indígenas y mineros bolivianos, que inhalar el alcaloide conocido con el nombre de cocaína.

29/2/12

El Alto, ciudad victima de los cogoteros.

Mario R. Duran Chuquimia (*).

 Las imágenes son dramáticas, una columna formada por señoras de pollera y vecinos de rostro indígena con ropas negras se dirigen desde el velatorio de los hermanos Peñasco, ubicado en la Plaza de la Cruz de Villa Adela, hasta los ambientes de la Fuerza Especial de Lucha contra el Crimen (FELCC) en El Alto. Los rostros compungidos lo dicen todo, a la cabeza de la marcha se encuentran los ataúdes, sostenidos por miembros del gremio periodístico, sobran las lagrimas y lamentos. Justicia es el clamor popular, ya que los hermanos Peñasco fueron víctimas de los cogoteros.

 La muerte de los hermanos Peñasco se caracteriza por un modus operandi macabro, te subes a un minibus o taxi de transporte público, temprano en la mañana o tarde en la noche, los pasajeros parecen ser pasajeros, sin que te des cuenta, sientes una pita, una chalina, un cable eléctrico en tu cuello, sientes que el aire te falta, te desmayas y aprovechando tu inconsciencia los malhechores proceden a vaciar tus bolsillos, se apoderan de tus monedas, tu billetera, tu celular, tu ropa, minutos más tarde te botan en algún callejón… si tienes suerte recuperas la conciencia y agradeces a la Pachamama, a Dios seguir con vida, si resistes al atraco o los delincuentes son de sangre fría, tus familiares prepararan tus exequias y te conviertes en una víctima mas de los cogoteros.

 Las movilizaciones de vecinos de la ciudad de El Alto, tienen cierta periodicidad, ya es noticia la quema de bares y cantinas por considerarlos antros de perdición de la juventud, apedreamientos de alojamientos considerados como refugio de delincuentes extranjeros, de tortura y quema de delincuentes capturados infraganti, de protestas ante recintos policiales por ausencia de resguardo policial, hechos que caracterizan a una ciudad victima de la delincuencia y de la ausencia de políticas estatales de mediano y largo plazo en seguridad ciudadana.

 Ante estos hechos, hay que preguntar al gobierno municipal de El Alto (en manos del Movimiento Al Socialismo - MAS): ¿porque no se realizan los operativos de supervisión de los bares y cantinas ubicados en la Ceja, en la ex tranca de Rio Seco y Senkata, en la 16 de Julio?. ¿Por qué se permite el consumo de bebidas alcohólicas en los alrededores de las canchas deportivas?. ¿Por qué no inicia un registro de conductores y vehículos de transporte público?. ¿Por qué no exige la correcta identificación de choferes y vehículos?. Preguntar también al gobierno central: ¿Por qué no se aumenta la cantidad de policías y patrullas para una ciudad que ya supero el millón de habitantes?. Se puede plantear nuevas preguntas..., pero mientras se esperen las respuestas, tendremos nuevas víctimas de los cogoteros.

 (*) El autor es ciudadano boliviano, radicado en El Alto.

15/2/08

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Bolivia La capacidad gubernamental

Mario R. Duran Chuquimia (*)


Desde hace diez días en la Avenida Juan Pablo II de la ciudad de El Alto se registran bloqueos esporádicos realizados por personas que buscan garrafas de gas licuado de petróleo (GLP) y hace tres días los cortes de vías son constantes, ocasionando serios perjuicios a la comunidad que desea trasladarse a sus fuentes de trabajo, el desabastecimiento de combustibles es una constante en algunas ciudades de Bolivia.
La administración Morales – García Linera – de la Quintana – Villegas – Rada ha priorizado las conexiones domiciliarias de gas natural, lamentablemente Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) cumplen con este cometido con la velocidad de la tortuga, así también trabajan con una falta de profesionalismo tal que, por ejemplo, en la zona Estrellas de Belén obligan a los vecinos a cambiar la ubicación de sus cocinas, cuando esto no esta permitido; por la zona de Río Seco, el presidente de la Junta de Vecinos Walter Mollinedo ha denunciado que las empresas instaladoras de gas no cumplen con las normas de seguridad industrial para las conexiones domiciliarias.

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La Aduana Nacional instancia encargada de la represión al contrabando de combustibles, ya que estos son destinados a abastecer el mercado peruano, ha tropezado con la resistencia violenta de los comunarios campesinos de las poblaciones que se ubican alrededor de las vías que unen Bolivia con Perú, siendo un secreto a voces que solo los indigenas originarios tienen el monopolio de este ilícito.
Así también, la nacionalizada YPFB se encuentra en una profunda crisis financiera ya que no ha conseguido inversiones extranjeras o nacionales, hecho que impedirá a Bolivia cumplir con los compromisos asumidos con Brasil y Argentina en materia energética, eso si la estatal hidrocarburífera se ha convertido en un botín de guerra para los militantes del Movimiento Al Socialismo (MAS).
Tales son los frutos de la renegociación de los contratos petroleros boliviana (mal llamada nacionalización), que se pueden resumir en los siguientes puntos: ausencia de inversiones extranjeras y locales, desabastecimiento de combustibles en el mercado local, incumplimiento de compromisos con países extranjeros, cuoteo político de YPFB… una muestra mas de la capacidad gubernamental del MAS.

Ver video (si tienes una conexion lenta, haz clic en play, luego pause, esperas que la barrita avance... y luego play):


(*) El autor es boliviano, radica en la ciudad de El Alto.