Por: Víctor Montoya

La exposición retrospectiva de las magníficas obras de Miguel Alandia Pantoja, en homenaje al centenario de este pintor llallagueño, inaugurado en los pasados días en el Museo Nacional de Arte, es una muestra fehaciente de que el arte y la revolución son las dos caras de una misma moneda, así como lo concibió desde sus inicios este gran muralista boliviano.

No cabe duda de que Miguel Alandia Pantoja, que tuvo una formación autodidacta y una militancia revolucionara, plasmó en sus cuadros y murales lo que le dictaba la conciencia. De ahí que sus paisajes y personajes, que emergen con vehemencia en medio de un torbellino de colores, reflejan la honda sensibilidad del artista, quien supo captar la turbulenta realidad de su época, tanto en el campo como en minas del norte de Potosí, donde se forjaron los ideales socialistas del movimiento obrero boliviano, que protagonizó las luchas anticapitalista y antiimperialista más trascendentales del siglo XX.

Miguel Alandia Pantoja asumió su compromiso político con la izquierda de la izquierda, consciente de que el “trabajador de la cultura” no puede quedar indiferente ante las injusticias sociales y que, en el mejor de los casos, su arte debía ser un instrumento de concientización y estar al servicio de la liberación nacional; una noble causa que anidó en su corazón desde que se hizo militante del Partido Obrero Revolucionario y que no la abandonó hasta el día de su muerte.

Cualquiera que contemple sus cuadros y murales, ya sea en los museos o edificios públicos, se dará cuenta que este artista, digno representante de la corriente pictórica del llamado “realismo social”, usó los andamios y brochazos, la paleta y el pincel, para registrar gráficamente la historia de Bolivia y los bolivianos; una historia marcada por los triunfos y las derrotas del movimiento popular.

En sus impactantes murales, pintados sin que nadie lo apremiara y destilando lo mejor de su talento, están retratadas las masacres mineras y campesinas perpetradas por la bota militar, la usurpación de los recursos naturales por parte de la rosca minero-feudal y las conquistas de la revolución del 1952,  como fueron la nacionalización de las minas, la reforma agraria, la reforma educativa y el voto universal.
En sus lienzos pintados de caballete, en los que se muestra el artista de cuerpo entero, trazó con indiscutible maestría sus ideas más sensibles y personales. Ahí tenemos los cuadros de ambiente telúrico y compromiso social, donde los mineros se yerguen como gigantes de las montañas, empujando los carros metaleros hacia el exterior de la mina y protagonizando una realidad dantesca, en la que las luces y sombras tienen un lenguaje épico y trágico a la vez.


No es menos impresionante, al menos para quienes conocemos la historia personal de Miguel Alandia Pantoja, el cuadro que les dedicó a sus camaradas César Lora e Isaac Camacho, donde aparecen las imágenes de los caudillos obreros, como emergiendo de las tinieblas y teniendo a los cerros como único telón de fondo. El cuadro, titulado “Testimonio”, fue realizado después de que el artista se anotició de que César Lora fue asesinado con un tiro en la frente por los sicarios del dictador René Barrientos Ortuño y por órdenes expresas de la CIA, en la confluencia de los ríos Toracarí y Ventilla de Sacana (San Pedro de Buena Vista), al norte del departamento de Potosí, el 29 de julio de 1965.

Las emblemáticas pinturas de Miguel Alandia Pantoja, lejos de la crítica de sus detractores, son el grito de denuncia y protesta del pueblo, un ejemplo a seguir para las nuevas generaciones de artistas que necesitan de un maestro que los guíe por los senderos del compromiso social, donde se funden con pasión creadora ética y estética, arte y revolución.