Con la música en las venas

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Por: Víctor Montoya

A don Paulino Joaniquina lo conocí en un campamento de refugiados de Suecia, a mediados de los años 70, pidiéndoles a sus compañeros volver a la patria prometida, donde estaba la lucha por la dignidad, el pan y la justicia.

Don Paulino sabía que, el día en que se encendiera la chispa de la revolución, él sería el primero en empuñar el fusil y tomar el timón de la nave que conduciría a los oprimidos hacia la toma del poder, así fuese navegando en sangre.

Don Paulino aprendió a empuñar el fusil tan bien como empuñaba la guitarra; por eso, en los días de fiesta, carnavales, matrimonios y bautizos, los mineros, guardatojo en mano y corazón embriagado, cantaban y bailaban el huayño, la cueca y el bailecito, que don Paulino interpretaba en la concertina, el piano, la guitarra, el charango o en el instrumento que tuviera a mano.

Don Paulino era una orquesta andante, de cuyas manos florecía un ramillete de canciones, mientras las lágrimas asomaban a sus ojos y los recuerdos acudían a su mente, gritándole que no se olvide de los enfrentamientos que libró contra los guardianes de la oligarquía y las dictaduras militares, a veces, plomo contra dinamita, porque esas historias, además de constituir un testimonio personal, formaban parte de la memoria colectiva, de esa memoria ausente en las páginas de la historia oficial.

Hasta antes de ser “relocalizado” (eufemismo que quiere decir: despedido de la mina y echado a la calle), el año que se impuso el Decreto Supremo 21060, trabajó como perforista en la mina San José de Oruro, hincando el barreno de la máquina Denver contra la roca dura, para luego taladrarla salpicándose la cara con lama y copajira. Sin embargo, a pesar de haber trabajado durante años con la perforadora, que lo sacudía de punta a punta, no perdió el pulso para escribir con letra Palmer ni la gracia de hacer bailar sus dedos sobre las teclas del piano y los trastes de la guitarra.

Don Paulino no sacaba la música de los bolsillos, sino de los secretos del corazón, pues su corazón era como una cajita resonante de sentimientos y melodías, que apenas se abría no se volvía a cerrar. La música estaba metida en sus venas como los filones de estaño en las galerías. Y, claro está, como la música le bullía en la mismísima sangre, le salía desde el fondo del corazón y se le escapaba a borbotones por los dedos.

Don Paulino era el minero que conoció la abundancia de niño y la pobreza de adulto. Primero bebió leche de cabra y chupó las pulpas del carnero. Después bebió la melancolía de la chicha y masticó el polvo de la mina. Así, con los pulmones petrificados por las partículas de sílice y la conciencia combativa, se enfrentó a sus enemigos entre discurso y discurso. Conoció la cárcel, la tortura y el destierro, y por donde anduvo, desgranando su conciencia traducida en palabras, llevó la música nacional a cuestas, ejecutando los instrumentos que encontraba a su paso.

Era un placer acompañarle a don Paulino, porque se cantaba y se contaban historias de mineros, de esos titanes del subsuelo, donde el que no le ch’allaba al Tío ni le rendía pleitesía a la Pachamama, no cantaba ni bailaba al ritmo de don Paulino, ya que para él, que aprendió a ejecutar los instrumentos desde chico, la música y la conciencia eran hermanas mellizas que habitaban en cada hombre. “La música es la mejor expresión estética de los sentimientos –decía–, de los corazones sensibles, y que sólo siendo sensible se puede sentir el dolor humano y detectar la injusticia desde el extremo más izquierdo de la izquierda…”.

Cierto día, mientras preparaba su retorno a la patria prometida, al seno de sus compañeros “relocalizados”, quienes vivían en los barrios periféricos de las grandes urbes, habló de lucha y música, de sus años como dirigente minero y del exilio que le arrebató a la madre de sus siete hijos. “Así había sido el destino –decía–, triste para unos y alegre para otros…”.

Don Paulino Joaniquina retornó a su natal Oruro, pero luego de un tiempo, aquejado por un golpe en la cabeza que le atacó al cerebro, y atraído por el cariño de sus hijos que formaron familia en Suecia, volvió a establecerse en la ciudad portuaria de Gotemburgo, donde terminó sus días tirado en un hospital y, poco después, en un cementerio del país que lo acogió en calidad de “refugiado político”, lejos de la mina San José y de la tierra prometida, donde el pueblo y sus compañeros seguían luchando por conquistar la democracia y la justicia social. 

Víctor Montoya

Some say he’s half man half fish, others say he’s more of a seventy/thirty split. Either way he’s a fishy bastard.

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