Por la Alasita, puedo afirmar que los 'cholets' son una creación colectiva y sostenida en el tiempo

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

03:17 / 19 de enero de 2016

Hace más de 50 años que visito la Alasita. Admiré casi todas sus versiones gozando del ingenio y la maestría de sus artistas, y también protestando por los extravíos del consumismo. Sin embargo, la Alasita ha crecido. Es una institución poderosa dentro del imaginario urbano paceño por sus múltiples creaciones. Antes como estudiante y ahora como arquitecto me detengo en los locales de casitas para aprender con esos ejemplos, que son un referente de los gustos y las tendencias de la arquitectura popular paceña. Y esas obras han evolucionado en dos aspectos.

Primero de escala. Antes se presentaban pequeñas casas coloridas que ilusionaban a los compradores: la "casita de ensueño". Después, con el arribo de la construcción en altura iniciada en las dictaduras militares, y que continúa boyante, se privilegian los edificios comerciales; es decir, el negocio inmobiliario. El segundo cambio es de material. Añoro las casitas de yeso de antaño y no me gustan las nuevas versiones hechas de vidrio reflejante mal trabajado.

Lo que no ha cambiado es ese gusto por la estridencia, el color y la mixtura, que son tan propios de la construcción popular. Es una persistencia estilística que nos anima a decir que la Alasita es el germen de los actuales "cholets", edificios cuyos autores son famosos internacionalmente como nunca antes en nuestra historiografía arquitectónica.

Y de ese proceso he escrito con ironía. En un inicio bauticé el fenómeno como arquitectura chola, y posteriormente, arquitectura cohetillo. Ambos epítetos causaron salpullido en mentes acomplejadas y prejuiciosas. Prefieren denominaciones descafeinadas, sin gracia, para nombrar esta expresión paceña. Pero, por la Alasita, puedo afirmar que los "cholets" son una creación colectiva y sostenida en el tiempo. Un arte popular que fue alimentándose de múltiples fuentes y con variados autores. No hay que olvidar al padre Obermaier, o a la burguesía paceña que aportó con su zafarrancho posmoderno. Por ello, Freddy Mamani debe ser entendido como el pináculo, muy merecido por cierto, de todo ese proceso. En una frase mordaz: la guinda sobre el pastel.

Tampoco este estilo llamado —inapropiadamente— "neoandino" nace con el actual momento político. Los partidos políticos son duchos a la hora de apropiarse de la creatividad social. Basta recordar al MNR y el usufructo al muralismo del grupo Anteo. El arte se anticipa a la política con lucidez y armonía. Y, como en esas casitas de Alasita, es más transversal que los discursos y los eslogans. Atraviesa la fiesta, la música, la danza, para venderte en enero el edificio de tus sueños, ese que revienta con "piel, ritmo y fantasía".

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