Por: Víctor Montoya

Entre los autores de las “novelas indigenistas” descuella la figura del ecuatoriano Jorge Icaza, cuyas obras, impregnadas de un hondo compromiso social, intentan retratar la atroz vida de los pongos desde una perspectiva realista. Sin embargo, “Huasipungo” (parcela de tierra, 1938) es la novela que consagró internacionalmente a su autor.

El personaje de la novela, Alfonso Pereira, no deja de ser el prototipo del terrateniente ladino, quien vive de los bajos ingresos procedentes de su hacienda, donde trabajan sus pongos marcados por el sello de la miseria. Pereira es un individuo acostumbrado a vivir de las apariencias y bajo el yugo de la doble moral.

Cierto día, al enterarse de que su hija, desvirgada por un “cholo sinvergüenza y criminal”, pone en peligro el honor de la familia, decide retirarse a su hacienda con el propósito de huir de la “chismografía” de amigos y enemigos; pero, poco antes de ponerse en marcha, consigue dinero por intermedio de un deudo, quien le hace firmar un contrato con una compañía extranjera interesada en explotar la madera y el petróleo en Cuchitambo.

Éste es el argumento del que se vale Icaza para denunciar la ambición y el entreguismo del terrateniente, convertido en instrumento de la penetración y el saqueo imperialista en la región petrolera de la Cordillera Oriental. Cabe suponer que el desarrollo de la empresa implicaba, además de desalojar a los pongos de sus parcelas, explotar su fuerza de trabajo para abrir caminos en la zona occidental, donde varios indios mueren por la falta de alimentos y seguridad laboral.

Al terrateniente no le interesa la vida de los pongos, sino el afán de hacerse rico, una vez que cumpla su compromiso con “Mr. Chapy, que era un gringo de esos que mueven el mundo con un dedo”, ya que formaba parte de una clase social cuyo mérito fue arrastrar con “sabiduría” y “maestría” el carro de la civilización, al menos, en opinión de la incipiente burguesía nacional.

El camino, en torno al cual gira la tragedia de los indios en la novela, simboliza el encuentro y desencuentro tanto de dos culturas como de dos sistemas económicos diferentes: la feudal y la capitalista. Por el mismo camino que abren los pongos, entre el campo y la ciudad, ingresa la maquinaria de la empresa extranjera y el brazo armado de la oligarquía nacional, constituido por las tropas militares. La primera, para saquear los recursos naturales; la segunda, para reprimir cualquier brote de protesta organizada.

Es obvio que, en una sociedad semicolonial o semifeudal, el pongo esté considerado poco menos que como una bestia de carga, sin más derechos que la vida y la muerte, porque todo lo demás le pertenece al patrón. Así, cuando éste decide vender sus tierras, las vende indios y todo. El pongo no posee nada y las pocas cosas que posee, su mujer y sus hijos, son también puestos al servicio y la voluntad del terrateniente.

En “Huasipungo”, el personaje que representa a la clase explotada por el despotismo y la infamia es Andrés Chiliquinga, cuyo destino estaba marcado desde el día en que nació en tierra ajena. Este pongo, que trabaja de sol a sol, no sólo experimenta una sarta de desgracias a lo largo de su vida; por ejemplo, ve morir a su hijo de hambre, mientras su madre es obligada a ser la nodriza del hijo ilegítimo de Alfonso Pereira, el terrateniente inescrupuloso que atenta contras los derechos más elementales de los pongos.

Al cabo de un tiempo, Andrés Chiliquinga se fractura una rodilla que le impide trabajar y, como fuera poco, muere su esposa luego de ingerir un pedazo de carne podrida. Entonces, el pongo, que en principio está recluido en su soledad, estalla en una explosión de ira. Se rebela contra sus verdugos y su protesta se generaliza. Los indios, remontados en cólera, dan muerte al mayordomo.

El terrateniente Alfonso Pereira, al informarse del ataque perpetrado contra su subalterno, viaja a la ciudad en busca de apoyo de parte de las autoridades de gobierno. Y, claro está, como el ejército es el brazo armado de los poderes de dominación, no demora en intervenir la hacienda para aplastar la protesta a plan de bala.

Si bien es cierto que Jorge Icaza no penetra profundamente en el alma de sus personajes indios, es cierto también que en “Huasipungo” nos da muestras de su vasto conocimiento del ámbito rural, donde los pongos viven a merced de sus patrones; por una parte, debido a la ausencia de una convicción ideológica en su seno y, por la otra, debido a la falta de una organización política que represente sus intereses de clase. No es casual que, incluso después del decreto de la reforma agraria, sea posible constatar que un grueso sector del campesinado ecuatoriano se mantiene todavía al margen de los más elementales derechos humanos.