Por: Víctor Montoya

Estar en la histórica Plaza del Minero de Siglo XX, donde se rememora el glorioso pasado del movimiento obrero, implica situarse en un escenario que reúne todas las peculiaridades de un verdadero patrimonio histórico, que debe conservarse para la posteridad, como parte de la memoria colectiva de los trabajadores del subsuelo y como un monumento vivo de las luchas sociales que tuvieron lugar en este espacio abierto entre el edificio sindical y los campamentos mineros.

En este territorio de hombres y mujeres valientes, que ofrendaron sus vidas a la causa de los oprimidos que, desde la época de la industrialización minera, que introdujo un sistema de explotación de carácter capitalista, se organizaron los sindicatos para defender sus intereses de clase, convencidos de que la lucha contra la injusticia social y la pobreza estremecedora sólo sería posible mediante un programa de reivindicaciones socioeconómicas, como instrumento político del pensamiento ideológico y la unidad monolítica de los trabajadores.

En esta Plaza del Minero, testigo mudo de la larga tradición del sindicalismo revolucionario, se forjaron los mejores líderes del proletariado nacional y, desde el balcón del edificio sindical construido en piedra labrada, se pronunciaron discursos incendiarios contra la oligarquía minero-feudal, las dictaduras militares y los gobiernos neoliberales, al son del estridente ulular de la sirena instalada en la parte superior del edificio, que servía para despertar a los obreros que ingresaban a trabajar en “primera punta”, para convocar a las marchas y asambleas y, como si fuera poco, para alertar a las familias mineras en épocas de represión política, masacres e intervenciones militares.

En esta plaza repleta de obreros, amas de casa, estudiantes y fuerzas vivas de la población de Llallagua, se trazaron los lineamientos estratégicos que debían seguir las bases para liberarse de la opresión imperialista. En esta plaza zumbaba el aire cada vez que detonaban los cachorros de dinamita y desde esta misma plaza se transmitían al vivo, a través de los micrófonos de “Radio la Voz del Minero”, los acontecimientos que se ponían al rojo vivo, mientras el clamor popular, entre pancartas y consignas de protesta, reafirmaba la decisión de luchar contra los gobiernos hambreadores y vende patrias.

Sin embargo, esta misma plaza, donde se erige el majestuoso monumento al minero, portando la perforadora en una mano y el fusil en la otra, existe menos lucidez que en los años dorados del Sindicato Mixto de Trabajadores Mineros de Siglo XX, ni siquiera el busto de César Lora y el monumento de Federico Escóbar Zapata, que representan la grandiosidad de los dirigentes revolucionarios de otros tiempos, ponen a salvo todo el legado histórico que se heredó a lo largo de un siglo. Todo parece indicar que las brumas del olvido, que se aproximan sigilosamente desde más allá de los cerros, están dispuestas a esconder bajo sus fúnebres mantos los símbolos más emblemáticos de la heroica clase obrera.

No es casual que esta situación de olvido responda, en gran medida, a la desidia de las autoridades ediles de este distrito minero y a la amnesia colectiva que, sin quererlo o sin saberlo, suele borrar los vestigios históricos de la memoria. Lo más grave es que esta plaza, que debía conservarse como un patrimonio histórico de los mineros en la región, corre el riesgo de convertirse en un simple mercado de enseres y artículos de compra-venta, sin considerar que aquí se concentraban los trabajadores en apoteósicas asambleas, que aquí se libraron batallas enconadas contra los guardianes de la oligarquía y que aquí se perpetraron masacres durante las dictaduras militares.

Siempre que uno retorna a esta plaza, atraído por la fuerza telúrica de su glorioso pasado, siente que el tiempo pasó de manera inexorable y que muchas cosas cambiaron desde el nefasto DS. 21060. Por ejemplo, da pena que los edificios de arquitectura moderna, levantados cerca del edificio sindical, se ciernan como gigantes espectros de ladrillos y cristales detrás del monumento al minero, pero da mucha más pena que las casetas de los comerciantes estén a punto de invadir los predios de la Plaza del Minero, con sus variados productos expuestos ante los transeúntes que pasan y repasan como si estuviesen en una calle cualquiera de una población cualquiera.

Aunque los guardianes de este patrimonio histórico aconsejan a las autoridades ediles no ceder ante la presión de los comerciantes, que privilegian sus intereses mezquinos en desmedro de los intereses colectivos, lo cierto es que los rentistas mineros, los miembros de la Federación Sindical de Trabajadores de Bolivia (FSTMB) y los ejecutivos de la Central Obrera Boliviana (COB), no deben bajar la guardia ni dar un paso atrás en su posición de resguardar los bienes de la clase obrera, que hoy constituyen una suerte de reliquias que se consiguieron con sacrificio, sangre y sudor.

En consecuencia, y sin mayores explicaciones ni preámbulos, es lógico deducir que esta plaza, lejos de convertirse en un centro del comercio informal y caótico, debe conservar su estatus de PATRIMONIO HISTÓRICO DE LOS MINEROS EN SIGLO XX. Toda opinión contraria a este sincero deseo compartido por los ex trabajadores de este combativo distrito del norte de Potosí, será considerada como un flagrante atentado contra la memoria histórica del movimiento obrero boliviano.