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1/10/21

Montoya presentará su obra en Llallagua


El escritor Víctor Montoya presentará su reciente libro, 15 precursores de la literatura infantil y juvenil boliviana, en la II Feria Nacional Expositiva del Libro, Arte y Cultura de Llallagua, a realizarse del 12 al 15 de octubre.

La presentación del libro tendrá lugar a las 10:00 A.M., en el Salón Rojo del Gobierno Autónomo Municipal.

El programa estará sujeto al siguiente orden:

a) Palabras de bienvenida a cargo de Moisés Mendoza, encargado de la Unidad de Cultura y Canal Municipal del GAM.

b) Comentario de Gricelda Martínez Serrano, maestra de la Unidad Educativa Llallagua y presidenta de la Asociación de Profesores de lenguaje y literatura.

c) Reflexiones en torno a la importancia pedagógica del libro desde la perspectiva personal de Olga Tapia Gutiérrez, directora de la Unidad Educativa Franz Tamayo y exdirectora de la Dirección Distrital de Educación del Municipio Llallagua.

d) Un repaso en torno al contenido de 15 precursores de la literatura infantil y juvenil boliviana, bajo la contemplación literaria de Práxides Hidalgo Martínez, escritora de literatura infantil y juvenil y exdocente de la normal de profesores de Oruro.

e) El escritor Víctor Montoya, miembro de la Academia Boliviana de Literatura Infantil y Juvenil, compartirá sus experiencias y las razones que lo motivaron a escribir este libro de alto contenido pedagógico.

f) El acto se cerrará con un brindis de honor. 


26/9/21

Víctor Montoya publica un libro sobre los primeros escritores de la literatura infantil y juvenil boliviana


El Grupo Editorial Kipus acaba de publicar “15 precursores de la literatura infantil y juvenil boliviana”, la más reciente obra del escritor Víctor Montoya, quien hace un análisis de la importancia de la literatura en el ámbito del sistema educativo y en el contexto histórico de un país, cuya tradición cultural se refleja de manera plena en los libros escritos para los niños y jóvenes, con una serie de recursos narrativos y poéticos que son más creativos que didácticos.

 Este libro, que presenta la vida y obra de 15 pioneros de la literatura infantil y juvenil boliviana, ofrece al lector un espacio imaginario, permitiéndole descubrir un cofre de sorpresas literarias, donde se esconden muchas, pero muchísimas joyas de papel y tinta, que no solo estimulan la fantasía y el hábito de la lectura, sino que recrean argumentos y personajes al margen de los libros de texto.

En Bolivia no se tienen claras referencias históricas de cuándo se publicó el primer libro de literatura infantil y juvenil, pero si rastreamos algunos antecedentes del siglo XX, encontraremos pautas que conducen hacia ciertos autores/as que, motivados por su labor de educadores y conscientes de que la infancia es una de las etapas fundamentales en el desarrollo de la personalidad humana, escribieron libros, tanto en verso como en prosa, destinados exclusivamente a los niños y jóvenes, en un intento por acercarlos al puro placer estético de la creación literaria.

Aunque casi todos los autores/as contemplados en este volumen están ya muertos, de alguna manera, permanecen vivos entre nosotros, porque nos dejaron sus obras como un invalorable legado, como si fuesen criaturas que tienen vida propia y quieren permanecer entre nosotros, enseñándonos su mundo mágico y el secreto de sus juegos; eran autores/as de honda sensibilidad humana y talento escritural, quienes, liberándose de las ataduras de una pedagogía tradicional y conservadora, concibieron obras con un criterio más lúdico que didáctico, constituyéndose así en los principales precursores de una literatura ninguneada que, a fuerza de imaginación y desmesurado cariño, se despojó de sus atuendos de Cenicienta para convertirse en la princesa de la literatura universal.

El escritor Víctor Montoya, tras una larga investigación en bibliotecas públicas y privadas, nos entrega un documento literario que, además de compendiar la biografía y bibliografía de cada uno de los autores/as, está matizado con una muestra significativa de poemas, cuentos y piezas de teatro escritos con la mente y el corazón puestos en los niños y jóvenes bolivianos.

Los 15 escritores/as, registrados en este libro de alto valor histórico para las letras nacionales, son presentados de manera cronológica, según su fecha de nacimiento: Antonio Díaz Villamil (La Paz, 1897–1948); Joaquín Gantier Valda (Potosí, 1900–Sucre, 1994); Emma Alina Ballón (La Paz, 1913–2002); Yolanda Bedregal (La Paz, 1913–1999); Paz Nery Nava Bohórquez (Uncía, 1916–Suiza, 1979); Rosa Fernández de Carrasco (Cochabamba, 1918–2000); Óscar Alfaro (Tarija, 1921–La Paz, 1963); Antonio Paredes Candia (La Paz, 1924–2004); Elda Alarcón de Cárdenas (La Paz, 1928–2019); José Camarlinghi (La Paz, 1928–2013); Beatriz Schulze Arana (Potosí, 1929–La Paz, 2000); Gastón Suárez (Tupiza, 1929–La Paz, 1984); Alberto Guerra (Oruro, 1930–2006); Hugo Molina Viaña (Oruro, 1931–1988); Velia Calvimontes Salinas (Cochabamba, 1935).     


12/6/21

Víctor Montoya en nueva antología internacional

El narrador boliviano es uno de los escritores que integra la antología “Un autor, un relato” (2021), con su cuento “Fiebre de salsa en Estocolmo”, cuyo protagonista es un refugiado latinoamericano en un país escandinavo, quien mantiene sus relaciones amorosas en una discoteca ubicada en una zona céntrica de la capital sueca. 

La antología internacional fue publicada por la editorial europea Generis Publishing y presentada de manera virtual el pasado jueves 10 de junio, a través del FB de la Librería ISC, con la participación de Pol Popovic, Selene Vergara, Gabriel Rovira y Juan Ramón Martínez, entre otros.

En la contratapa del libro se afirma: “La selección de relatos de esta antología, cuarenta y seis cuentos en total, fue realizada por sus autores. Cada uno ha escogido el relato que mejor representa su obra o el que quisiera que fuera considerado como ejemplo de su producción narrativa. Algunos narradores optaron por los cuentos que han ganado premios otros eligieron trabajos inéditos (…) La compilación contiene relatos de índole realista, fantástica, feminista y sociocrítica. Entre sus páginas, el lector encontrará exploraciones narrativas de las múltiples dimensiones del tiempo y del espacio. Otros textos buscan a definir características individuales y sociales en el quehacer diario o extraordinario. La lucha por la sobrevivencia al igual que el peligro del aburrimiento se suceden en las tramas existenciales de sus protagonistas”.

Uno de los principales promotores de esta antología, cuyos autores y autoras tienen una reconocida trayectoria en sus países de origen, fue Pol Popovic Karic, profesor y ensayista mexicano de origen serbio, dedicado a la literatura en español, inglés y francés en el Tec de Monterrey, Campus Monterrey. Pol Popovic es autor de varios libros e investigador en la Cátedra de Literatura Latinoamericana Contemporánea. Tiene un doctorado en literatura contemporánea de la Universidad Iberoamericana, un doctorado en Literatura Francesa por parte de la Universidad de Texas en Austin y también una maestría en Literatura Francesa de la Universidad de Arizona.

Los lectores interesados en adquirir el libro, editado en soporte papel, pueden solicitarlo ingresando a las siguientes direcciones online: www.generis-publishing.com o info@generis-publishing.com


18/6/19

La masacre minera de San Juan de 1967


Al cumplirse 52 años de la masacre de San Juan en las poblaciones de Llallagua y Siglo XX, La Regional Catavi del Archivo Histórico de la Minería Nacional de la COMIBOL y la Universidad Nacional “Siglo XX” presentarán el libro: “La masacre de San Juan en verso y prosa”, compilado por el escritor Víctor Montoya. El acto se realizará en la Plaza del Minero de Siglo XX, el domingo 23 de junio, a Hrs. 19:00. La fogata estará amenizada por poetas y cantautores.

Sobre el libro

La masacre de San Juan en verso y prosa” es un volumen de versos y textos en prosa, inspirados en una masacre que enlutó a las familias mineras la madrugada del 24 de junio de 1967, cuando el régimen dictatorial de René Barrientos Ortuño, asesorado por la CIA y secundado por el alto mando militar de las Fuerzas Armadas, decidió tomar por sorpresa las poblaciones de Llallagua, Siglo XX, Cancañiri y Catavi, con el pretexto de evitar, a cualquier precio, la realización del ampliado nacional minero, que tenía previsto elaborar un pliego de peticiones y apoyar a la gesta guerrillera comandada por Ernesto Che Guevara en las montañas de Ñancahuazú.

Las tropas del ejército, en cumplimiento de un plan siniestro y premeditado, irrumpieron en el escenario de la masacre a las 04.40 de la madrugada, una vez que la mayoría de los trabajadores se habían retirado a descansar, dejando atrás las menguantes brasas de las fogatas y sin tener posibilidades de organizar una resistencia eficaz contra los uniformados, que estaban dispuestos a cumplir con su misión a sangre y fuego.

Las tropas del ejército ocuparon las calles de la población civil y los campamentos mineros, asaltaron las radioemisoras y metieron bala contra toda sombra que se movía en la oscuridad. Los tiros de las ametralladoras, morteros y bazucas, que en principio se confundieron con la detonación de los cohetillos y cachorros de dinamita, se escucharon por algunas horas en la población civil y los campamentos mineros, mezclándose con el lamento de los heridos, el llanto de los niños y el grito de protesta de las “amas de casa”.

El libro contiene poesías revolucionarias dedicadas a la masacre de San Juan. Los poetas nos recuerdan, entre verso y verso, la necesidad de rescatar la memoria histórica de los mineros y rendirles un justo homenaje a los caídos bajo el fuego fulminante de la bota militar. Entre los autores figuran: Jorge Calvimontes, Alberto Guerra Gutiérrez, Coco Manto y Nilo Soruco, entre otros.

La segunda parte del libro recoge textos escritos en prosa, que tienen un inconfundible valor documental. Los autores, con solvencia y autoridad moral, se refieren a los antecedentes que dieron paso a la conocida “masacre minera de San Juan”, que dejó un reguero de heridos y un saldo de más de dos decenas de asesinados entre hombres, mujeres y niños.

Entre los autores consignados en el libro “La masacre de San Juan en verso y prosa” destacan: Guillermo Lora, Sergio Almaraz, Marcelo Quiroga Santa Cruz, René Zavaleta Mercado y Gregorio Iriarte. Tampoco podía faltar la versión personal del filósofo francés Regis Debray, del escritor uruguayo Eduardo Galeano y de Ernesto “Che” Guevara, quienes estuvieron conscientes de que el que el régimen de René Barrientos Ortuño usó el pretexto de la guerrilla para frenar el ascenso revolucionario de los trabajadores bolivianos y sus aliados naturales de clase.

En el libro se insertó también testimonios de primera mano, como el de Domitila Barrios de Chungara, el dirigente sindical Simón Reyes Rivera y la viuda de Rosendo García Maisman, y otros de carácter más literario, como el de Eliseo Bilbao Ayaviri, Diego Martínez Estévez, Foster Ojeda Calluni y Víctor Montoya, entre otros.

La masacre de San Juan de 1967 es una de las tragedias más cruentas registradas en la historia del movimiento obrero boliviano y un episodio que aún permanece vivo en la memoria de las familias mineras. Por eso mismo, es un deber revolucionario honrar la sangre de los mártires caídos la madrugada del 24 de junio y condenar a un régimen dictatorial que cometió un crimen de lesa humanidad, que hasta el día de hoy se mantiene en la impunidad.      

17/6/19

Huelga y represión en la obra de Víctor Montoya

Armando Córdova Saavedra (*)

Muchas veces tuve oportunidad para expresar las vivencias del glorioso pasado de nuestro legendario pueblo minero y, en esta ocasión, al leer la obra “Huelga y represión”, escrita por mi dilecto amigo Víctor Montoya, prácticamente me conmovió el relato por la manera en que refleja su propia vivencia.
Se trata de un testimonio que obliga a rememorar un acontecimiento de aquel escenario que nos tocó vivir durante el gobierno militar del Gral. Hugo Banzer Suárez que, de manera similar a otras dictaduras, bañó con sangre esta tierra minera.
Hoy siento una satisfacción y un privilegio comentar la obra, porque permite evocar la esencia misma de lo que fue una “huelga” y el efecto sobreviniente de la denominada “represión”, al que también corresponde añadir la palabra “masacre”. Estas tres palabras tienen su propia naturaleza, su propia realidad y, obviamente, su propia historia.
En la obra, escrita por Víctor Montoya, se observa, a través de su lectura, que la vida del minero está impregnada de un realismo social, que nos permite describir lo que fue propiamente la huelga minera de 1976, que estaba encaminada a lograr reivindicaciones sociales, económicas y políticas, que se traducían en sendos votos resolutivos, manifiestos, boletines y otros, que emergían precisamente de las decisiones de las asambleas mineras como esténtores gritos que repercutían para ser escuchados en el confín de toda nuestra patria y de todas las naciones del mundo. Estas últimas fueron admiradoras de la gallardía y valentía de la clase trabajadora de los distritos de Siglo XX y Catavi, al norte del departamento de Potosí.
Por otra parte, debe destacarse que la huelga minera era una profunda demostración de lucha organizada y masiva. Estos movimientos populares nunca fueron comprendidos por los regímenes militares y los gobiernos civiles, que fueron serviles del fascismo y el imperialismo norteamericano.
Para acallar estas iniciativas mineras, siempre existieron argumentos revestidos de hipocresía y mentiras, que justificaban la intervención militar a los centros mineros, tachando a sus dirigentes de subversivos, extremistas y de incitar a la violencia.
Podemos seguir describiendo algo más en torno a las huelgas mineras, sin embargo, considero la necesidad de penetrar al segundo enfoque del autor del libro: la “represión”.
En esta época, ¿cómo se puede describir la palabra “represión”? Podemos hacerlo, pero lo que sucedió en el pasado nunca se podrá comparar con las vivencias del presente, porque en las épocas de las dictaduras militares, para destruir a los movimientos sindicales de la clase trabajadora, utilizaron la violencia en su máximo grado, actuaron sin respeto a la ley y cometieron delitos de lesa humanidad en su accionar, anularon derechos legítimos y ejercieron toda clase de vejámenes; procedieron a la cacería de dirigentes, desataron una sañuda persecución, prohibieron la libertad de opinión y expresión, imponiendo una censura total; se masacró a obreros, se apresó a dirigentes políticos y sindicales, a muchos de ellos se los hizo desaparecer en los antros carceleros y con esas actitudes pretendieron acallar las legítimas protestas.
En la obra de Víctor Montoya se refleja esa realidad, de modo que, tras su lectura, puede comprenderse mucho más el sufrimiento, el dolor, la angustia, la desesperación y el martirio de los prisioneros políticos, quienes sufrieron la tortura, las agresiones y humillaciones. Frente a esa realidad es importante valorar y destacar que esas víctimas de las fuerzas represivas del régimen, en el fragor de la heroica resistencia contra la dictadura militar, contribuyeron con su sacrificio a la lucha de la clase obrera.
En esa cruda realidad, asimismo, debemos involucrar a los hijos proletarios y a las mujeres mineras, destacando su férrea voluntad de amor y sacrificio en las duras jornadas de huelga, en las que acompañaban al esposo, al hermano y al compañero de clase, soportando con estoicismo la crisis del hambre, mientras otras comprendían que el destierro, el confinamiento y la cárcel eran el destino del esposo dirigente, obligándolas a soportar la ausencia de su pareja sumidas en el letargo del dolor, del sufrimiento y revestidas de llanto y desesperación. Esta es una parte de nuestra historia y, como es natural, todo lo que ocasiona el dolor es lo único que queda grabado en la mente de los seres humanos.
Aprovecho esta oportunidad, a propósito de la obra “Huelga y represión” de Víctor Montoya, para formular una cordial invitación para que cada uno de ustedes opten por investigar y escribir libros sobre nuestro glorioso pasado, en los que reflejen lo humano, los sueños y las tragedias, porque nuestra historia merece ser inmortalizada en el tiempo, sin olvidar que somos hijos de un pueblo minero, que ha escrito su historia con el dolor y la sangre de sus hijos.

* Abogado e historiador de la población minera de Llallagua.

9/6/19

Presentación del libro “huelga y represión” de Víctor Montoya


El Archivo Histórico de la Minería Nacional de la COMIBOL/Regional Catavi, la Dirección General de Extensión de la Universidad Nacional “Siglo XX”, la Secretaría de Desarrollo Humano del Gobierno Autónomo Municipal de Llallagua  y la Dirección  Distrital de Educación del Municipio de Llallagua, tienen el agrado de invitar a la presentación del libro “Huelga y represión” del escritor Víctor Montoya. El acto se realizará el martes 11 de junio de 2019 a Hrs. 10:00 (10 de la mañana), en el Auditorio de la carrera de Odontología de la Universidad Nacional “Siglo XX”, Plaza del Minero, monumento histórico de grandes revolucionarios y líderes sindicales.

El autor del libro relata hechos históricos protagonizados bajo la sombra del dictador general Hugo Banzer Suárez, quien llegó a la presidencia a través de un golpe de estado en 1971 y fue derrocado en 1978, con una huelga de hambre iniciada por cuatro mujeres del distrito minero de Siglo XX. El fascista Hugo Banzer Suárez fue parte de la Operación Cóndor, un pacto criminal entre los países del Cono Sur y la CIA de EE.UU.

El primero de mayo de 1976, un mes antes de la violenta intervención militar a las minas, se realizó el XVI Congreso de Trabajadores en el centro minero de Corocoro. En el congreso se resolvió declarar una huelga general si el gobierno fascista no aumentaba los salarios en el lapso de un mes, si no declaraba una amnistía general e irrestricta para los presos y exiliados y se rechazó  todo tipo de control de las organizaciones sindicales.

El gobierno fascista, lejos de atender las demandas de los trabajadores, contraatacó brutalmente. Así fue como el 9 de junio de 1976, las tropas del ejército asaltaron el distrito minero de Siglo XX. Los campamentos fueron rastrillados para detener a dirigentes mineros, amas de casa y estudiantes, paulatinamente todos los centros mineros de la COMIBOL fueron tomados por los militares. Silenciaron las radioemisoras mineras de forma violenta.

En “Huelga y represión” se afirma: “Los hechos históricos relatados en esta impactante obra, escrita en las mazmorras de la dictadura militar boliviana, constituyen el vivo testimonio de uno de los episodios más nefastos de 1976, año en que las tropas del ejército ocuparon los distritos mineros.

Huelga y represión describe en sus páginas, impregnadas de realismo descarnado y narraciones insólitas, los sótanos dantescos de las cámaras de tortura, con la esperanza de que no queden impunes los crímenes de lesa humanidad ni se soslaye la memoria de quienes sufrieron el martirio por el simple delito de haber simpatizado con las ideas libertarias y haberse opuesto a la ideología totalitaria de un gobierno de facto”.

Al cumplirse cuatro décadas de la primera edición de “Huelga y represión, el autor vuelve a recordarnos uno de los acontecimientos huelguísticos más trascendentales del movimiento obrero y popular, con el único propósito de no olvidar el pasado ni repetir la historia.

Breve sobre el autor

Escritor, periodista cultural y pedagogo. Nació en 1958, vivió desde su infancia en las poblaciones de Siglo XX y Llallagua, al norte de Potosí. Durante la dictadura militar de los años setenta  fue perseguido, torturado y encarcelado. Estando en la prisión escribió su libro de testimonio “Huelga y represión”. Fue exiliado a Suecia en 1977. Es autor de una veintena de obras entre novelas, cuentos, ensayos y crónicas. Dirigió las revistas literarias “PuertAbierta” y “Contraluz”. Es miembro del PEN-Club, la Sociedad de Escritores Suecos y la Academia Boliviana de Literatura Infantil y Juvenil. Su obra está traducida a varios idiomas y tiene cuentos en antologías nacionales e internacionales. Está considerado como uno de los principales impulsores de la moderna literatura boliviana. Escribe en publicaciones de América Latina, Europa y Estados Unidos.

6/2/19

Diablo, mina y minero, rompecabezas de realismo mágico en Siglo XX


Por: Juan Carlos Enriques Sanabria (*)

Son los abismos infernales de la mina de Siglo XX donde se escriben los cuentos de Víctor Montoya, preñados de una mezcla de magia, mito y realidad, que retratan los sueños, la dignidad y las esperanzas del minero Nina, Condori, Choque o Mamani, el misterio de la palliri o mujer minera. Son historias que  revelan  al  Tío o diablo,  a la mujer  del  diablo o  China  Supay  y no  olvidan a los fantasmas   como la  k´achachola.

Es el libro “Cuentos de la Mina”, publicado por primera vez el año 2000, traducido al inglés, alemán, italiano, francés y sueco, en una edición de 25 historias, renovado y presentado ayer en su segunda edición con 35 cuentos de esta realidad mágica y mítica.

El Tío tiene cuerpo grotesco, cara feroz, ojos chispeantes, nariz estallada, colmillos aserrados, lengua colgante y orejas de asno. Según los abuelos “llegó en una noche de tormenta”, ¿en 1492?, preñó a la chola más linda y tuvo con ella un hijo deforme, quienes fueron quemados por la ira popular y ese odio y miedo terminaron echando al diablo a los abismos de la mina haciéndolo 300 años después dueño y señor de las riquezas mineras. O el Tío nació porque la gente acogió nuevos y extraños dioses, olvidando a Huari, el dios ancestral, ¿condenándolo a vivir deforme en los infiernos de la mina?

El hombre deja de ser hombre cuando ingresa a la mina y se encuentra con el Tío, en esos oscuros abismos de la tierra se transforma, cuece sus miedos en la oscuridad, quema sus sueños en el ácido de copajira, su dignidad se hace roca, su futuro queda empeñado en el estaño y entonces se transforma en minero, un ser que respira el aliento de la mina y vive las historias más terribles, un ser que parece no tener miedo a la muerte. Así se presenta el minero en los cuentos de la “Imagen del Tío”; “La palliri”; “La K´achachola”; “La China Supay” y “La Tragedia”. El Tío es el amo de la riqueza, él puede decidir el destino del minero, revelarle una veta para que no se muera de hambre o condenarle a la más absoluta miseria.

La muerte llega cuando este qhoyancho cae en el abismo, si nadie ha visto el cuerpo de un minero que cayó 100 metros de profundidad, éste llega desnudo al piso, mordido y devorado por las rocas, con la piel plomiza y los huesos totalmente desencajados en esa bolsa de piel humana. O queda mutilado para siempre con un dinamitazo que puede arrancarle una pierna, un brazo y puede dejarle ciego.

Ese es el retrato del minero que empezó a trabajar la mina de Siglo XX, después de la guerra del Pacífico contratado por empresarios chilenos o más tarde empleado por el potentado Patiño y a partir de 1952 por la empresa estatal COMIBOL y ahora por las cooperativas mineras.

Ese minero que ahora en 2018, a diferencia de otros trabajadores que laburan desde los 14 hasta los 60 años en Bolivia, está condenado a producir mineral hasta los 40 a 45 años porque la perforación de la roca en seco, las condiciones insalubres de la mina le quitan vida, fuerza y dignidad… a los 45, atacado por la silicosis, está condenado a retirarse y si por alguna razón el hambre y la miseria le empujan a seguir ingresando a la mina, morirá ahogado en la sangre de sus pulmones, liquidado por la sílice, el polvo de la mina, que probablemente suelta el Tío, de a poco le va pasando factura a cambio de la riqueza entregada.

Y si quieren saber más secretos y más revelaciones de la mina, del Tío y del minero, lean, avancen hasta el cuento del último pijcheo, que recuerda la relocalización de los mineros, un debate de vida y muerte entre el minero y el señor y amo de los abismos de la mina. El Tío es colonizador y desembarcó con los españoles ¿para colonizar, saquear y matar? o este demonio que da y cobra es Huari, el dios originario, aparecido para calmar los dolores de la invasión.

Esta realidad mágica debe obligarnos a reflexionar sobre la minería, sobre la pobreza que ataca al 80 y 85% de los habitantes de esta región, a mirar más allá de las montañas, a salir de esos abismos infernales y mirar el futuro exigiendo derechos, sin resignarse a una ley minera injustamente aprobada para perjuicio de las regiones mineras, de las familias mineras y del futuro de los qhoyanchos… Si este realismo mágico no consigue aquello, tal vez el Tío y todo este mundo mágico es herencia colonial y no rebeldía de memoria y de dignidad humana.

Llallagua, 6 de septiembre 2018.

*  Jefe de prensa de Radio Pio XII en Siglo XX

21/11/18

A propósito de “Cuentos de la mina”

Por: José Guillermo Dalence Salinas*

1.       La mina, la  minería y nuestra historia

Porque tenemos minerales empezó nuestra pobreza, porque tenemos riqueza minera fuimos oprimidos y explotados. Y hoy queremos industrializar nuestros recursos naturales no renovables en beneficio de nosotros mismos, pero no encontramos el camino.

Los españoles se quedaron al descubrir el oro y la plata, que lucían nuestros antepasados como adornos personales sin ningún valor comercial, ejercieron una dominación cruel e inhumana, diezmando nuestra población en el trabajo de la mita. Luego de la independencia, en la República, fueron reemplazados por los ingleses, estos por los norteamericanos. Actualmente el zinc de San Cristóbal alimenta a la industria japonesa con medio millón de toneladas de concentrados anualmente, aparte del otro cuarto de millón de toneladas de concentrados que seguimos enviando a los países desarrollados. En resumen, desde la conquista nos convirtieron en mineros productores de materia prima que ha servido para impulsar el desarrollo de las potencias de cada momento histórico.

Con la plata y el oro saqueados por los españoles se impulsó la revolución industrial en los siglos XVI, XVII y XVIII, ese capitalismo naciente y en desarrollo fomentó la colonización de África, y Asia y; en el s. XX, Estados Unidos con el estaño, wólfram y antimonio, se convirtió en la potencia imperialista con más fuerza militar del mundo.

En la actualidad, en nuestro país, la mayor producción se logra con la minería a cielo abierto, con tecnología de punta, sin embargo, con métodos y sistemas precarios, la minería subterránea sigue produciendo con más de cien mil trabajadores mineros. Eso significa que diariamente, más de cien mil trabajadores mineros ingresan a los socavones. El Tío no ha quedado solo.

2.       La minería reflejada en la literatura

Siendo que desde principios del s. XVI, la explotación de oro y plata y su traslado a Europa, han sido los motivos para la conquista y colonización. En la República del s. IXX los terratenientes feudales, producían provisiones para las minas; en el s. XX, desde poco antes de la Guerra Federal, el Estado vivió de la minería, o más bien el Estado estuvo al servicio total de los empresarios mineros. Y desde 1952, aunque el Estado desplaza a los “barones del estaño” en la administración de la minería, los recursos mineros siguen alimentando las fundiciones de Estados Unidos e Inglaterra. Por último, en 1985, con la crisis del estaño y para ejecutar el mandato imperial, los neoliberales proceden al cierre de las minas, “relocalizan” a los trabajadores mineros, entregan los mejores yacimientos a las empresas transnacionales y las agotadas a las cooperativas, organizadas por los mineros relocalizados, que buscan, de esa manera combatir la desocupación.

En consecuencia, la minería es el eje en torno al cual gira toda la historia de esta parte del mundo que hoy se llama Bolivia y, por ese motivo, se ha escrito de minas y mineros, exploradores, empresarios, trabajadores, administradores, rescatadores, comerciantes, aventureros, biografías y emprendimientos con éxitos y fracasos, luchas con victorias y derrotas, héroes y traidores. Se describe la minería desde distintos ángulos.

Se han escrito ensayos como “El dictador suicida” y “El presidente colgado”, de Augusto Céspedes; “Nacionalismo y colonialismo”, de Carlos Montenegro; “El poder y la caída” y “Réquiem para una república”, de Sergio Almaraz; “El poder minero”, “El poder financiero de la gran minería boliviana”, entre otros, de Juan Albarracín Millán; “Bajo un cielo de estaño”, de Antonio Mitre; “Llallagua, la historia de una montaña”, de Roberto Querejazu. Se han escrito novelas, donde destacan: “El metal del diablo”, de Augusto Céspedes; “Socavones de angustia”, de Fernando Ramírez; “Mina”, de Alfredo Guillén Pinto; “Cuando vibraba la entraña de plata”, de José Enrique Viaña, entre muchas; aparte de infinidad de textos y tesis especializados en la geología, la explotación, la concentración, la fundición, industrialización y comercialización de minerales.

3.       El Tío

En las minas, se desarrolló una cultura, incluyendo las expresiones de religiosidad, reflejos del cambio de ambiente, de los hombres, adolecentes, jóvenes y adultos, que dejaron la hacienda o la comunidad indígena; el colegio o la universidad de las ciudades; los talleres artesanales o los suburbios donde deambulan los desocupados, para buscar un salario, pero sin imaginar la dureza del trabajo, las condiciones inhumanas, largas jornadas en la oscuridad del subsuelo, inseguridad e insalubridad, por el encuentro con el polvo de sílice y la dinamita, bajos salarios y condiciones de vida precarias, vivienda compartida con otras parejas o familias, hijos subalimentados, mal vestidos, sin educación ni servicio de salud, altos índices de mortalidad materno infantil.

En fin, de esa pobreza extrema nacen grandes ilusiones y de ellas, la más soñada y común, es la de ganar más, para volver al valle de donde ha salido y comprar su propia sayaña; volver a la ciudad y continuar sus estudios; salir de la mina y abrir su taller de artesanía; hacer pareja y organizar una familia con alimentación segura, con salud y educación. . .

Cómo puede un hombre hacer realidad esas ilusiones, cuando ni conoce sus más elementales derechos, porque la jornada y el salario son imposiciones del dueño de la mina; ni tiene organización sindical porque está naciendo la clase obrera y aún no ha empezado el proceso de transformación de clase en sí en clase para sí. En ese escenario, sus ilusiones no pueden realizarse, si no es creando un ser superior, dios y dueño del mineral, que puede otorgarle el derecho de ingresar a la mina, trabajar sin accidentes y adquirir riqueza para dar a su familia la posibilidad de satisfacer sus necesidades de alimentación y vestido, además de ahorrar para cumplir el sueño eterno de volver a su lugar de origen.

En este entendido, no son el coloniaje ni la República feudal, los escenarios propicios de esta creación, porque en esos tiempos, los que ingresaban a la mina, lo hacían obligados y no tenían derecho ni a soñar en una vida mejor. Es con el nacimiento del sistema capitalista, que los hombres llegan a la mina, por un tiempo, hasta ahorrar para volver a su lugar de origen, con los recursos económicos que le permitan, de manera distinta, mostrarse ante su familia y entorno social, ya no como un pobre que salió en busca de fortuna, sino como un exitoso ex minero.

Ese dios y dueño de las minas es el Tío, tiene su pareja, la Chinasupay, juntos hacen su voluntad con el mineral y con la vida de los trabajadores, incluso con sus familias, porque salen a rondar por los campamentos.

En cada distrito minero e incluso en cada región, tiene características particulares pero, en general, Víctor Montoya nos da los elementos suficientes para describir las condiciones de trabajo en la etapa del Estado del 52 y la modalidad de trabajo por  blocks. Pero también notamos algunas particularidades, el Tío y la Chinasupay no se meten con el personal técnico y cuando salen de la mina, sólo andan por los campamentos de obreros. Luego estos seres sobrenaturales no tienen relación con la actividad sindical de los trabajadores, siendo que en el interior de la mina se realizaban grandes asambleas y eventos político sindicales. Tampoco actúan en los campamentos, durante las ocupaciones militares. Cuando los militares ocupaban los campamentos, hasta el Tío tenía miedo de salir de la mina.

En la actualidad, el Tío no ha quedado abandonado con la relocalización; por el contrario, el número de trabajadores cooperativistas es superior a los asalariados de antes del 21060 y, aunque la tecnología nos presenta equipos de avanzada, el Tío sigue venerado en todas las minas. Con solo trasponer la bocamina, para andar por el interior de una galería, aunque de visita, no deja de sentirse la posibilidad de estar acompañado, o por lo menos vigilado, por esa creación de los trabajadores mineros, tan detallada y bellamente descrito por Víctor Montoya.

La vida en las minas: el trabajo de explotación y beneficio de los minerales; la vida en los campamentos con el cine, las pulperías, los campos deportivos, las sedes sociales, las escuelas y colegios, iglesias, mercados, quintas y chicherías, etc., etc.; las luchas políticas y sindicales con reuniones, asambleas, marchas, congresos, ocupaciones militares, cierre de radioemisoras, recuperación de libertades, etc., etc.; todo ese conjunto de actividades no pueden ser comprendidas enteramente sin conocer los “Cuentos de la mina” de Víctor Montoya.

Oruro, 18 de octubre de 2018

* Abogado, exdirigente de la FSTMB, exministro de Estado, exrector de la Universidad Nacional “Siglo XX” y exgerente de la Empresa Minera Huanuni.

7/10/18

Las revelaciones del Tío en “Cuentos de la mina”


Acaba de publicarse la segunda edición de “Cuentos de la mina” (Ed. Kipus, 2018), del escritor Víctor Montoya, con treinta y cinco cuentos de variada extensión y algunas fotografías que muestran la imagen del Tío de la mina, cuya estatuilla fue modelada por los propios trabajadores en los parajes donde acuden a “pijchar” o acullicar.

En “Cuentos de la mina”, escritos desde la visión del realismo fantástico, se recrean los mitos y leyendas que giran en torno al Tío; un ser mitológico de carácter ambiguo, mitad dios y mitad demonio, que simboliza el sincretismo religioso desde la época de la colonia.

Víctor Montoya hace gala de las creencias y supersticiones que reinan en la cosmovisión andina, donde sobreviven los ritos, usos y costumbres de las culturas originarias. En los cuentos se retrata la vida cotidiana de los mineros; sus luchas, tragedias y esperanzas, pero también sus tradiciones vinculadas al realismo fantástico y las consejas pagano-religiosas, donde el Tío de la mina está considerado como el guardián de las riquezas minerales y el amo de los trabajadores del subsuelo.

Su amante, la Chinasupay (diablesa), posee un fuerte atractivo erótico en el imaginario popular, aparece y desaparece misteriosamente en los sueños y las pesadillas de los mineros, quienes la temen tanto como al mismísimo Tío. Algunos incluso creen que la Chinasupay es la encarnación del Tío que, a modo de poner a prueba su poder de atracción sexual, se transforma en una mujer capaz de envilecer a los mineros solitarios y desprevenidos.

El Tío es el protagonista principal en “Cuentos de la mina”. El autor, desde un principio, intenta responder la siguiente pregunta: "¿Por qué el diablo se llamó Tío?" La explicación, narrada de una manera sorprendente y lúcida, la encontramos a lo largo del libro, donde se afirma que el Tío, en su estado demoníaco, hace suya a una chola de buen parecer, en quien engendra a un hijo que nace con el aspecto de iguana. Entonces el poder eclesiástico, al constatar que la criatura no es la hechura de Dios sino del diablo, condena a la madre y al hijo a perder la vida en una hoguera. Es por eso que el diablo, según se relata en el libro, actúa en venganza propia y causa estragos entre los pobladores, hasta que los mineros le suplican perdón por el asesinato de su legítimo heredero. El diablo recapacita, hace reaparecer los minerales en las galerías y decide llamarse Tío, a quien los mineros, como en una suerte de pacto, deben rendirle pleitesía ofrendándole sangre de llama blanca, hojas de coca, cigarrillos y aguardiente.


La segunda edición, aumentado y corregida, obedece al gran interés de los lectores por interiorizarse en el fascinante mundo de las minas, que es el hábitat natural de ese personaje sobrenatural venerado por los mineros, quienes trabajan en las oscuras galerías, sin otra ilusión que ganarse el pan del día y salir con vida de las tenebrosas entrañas de la Pachamama.  

El libro, desde que se publicó por vez primera en Suecia (Ed. Luciérnaga, 2000), despertó un inusitado interés entre los lectores nacionales y extranjeros. Se ha traducido a varios idiomas y ha sido ampliamente comentado por la crítica literaria. En la contratapa de la segunda edición de “Cuentos de la mina”, a cargo del Grupo Editorial Kipus, se incluyen algunos comentarios destacando la temática del libro y la capacidad narrativa del autor.

En palabras del historiador y escritor argentino Fernando Soto Roland, “el maravilloso libro de Víctor Montoya, ‘Cuentos de la mina’, aclara desde la literatura todo aquello que los historiadores no podemos captar con la sencillez e inmediatez que es tan propia de los escritores de raza. Y Montoya ha probado sobradamente que lo es. En su obra, sin teorías venidas de otros oficios, el autor recrea con naturalidad el imaginario del minero boliviano a través de una serie de cuentos en donde quedan plasmadas las desdichas y esperanzas de ese colectivo humano utilizando como marco de encuadre a uno de los personajes más emblemáticos del sincretismo americano: ‘El Tío de la Mina’, dueño sobrenatural y soberano absoluto de la oscuridad y sus riquezas”.

El escritor uruguayo Leonardo Rossiello, al cabo de leer el libro en su primera versión, no dudó en aseverar que “leer ‘Cuentos de la mina’ significa sumergirse en el mundo sincrético de las creencias mineras de Bolivia. Los textos, como si fueran galerías de una mina, se van adentrando en las diferentes actualizaciones del sincretismo cultural que supone la figura y leyenda del ‘Tío’, así como su significación para los mineros”.

No es menos interesante la opinión del poeta e investigador orureño Alberto Guerra Gutiérrez, quien, como todo conocedor del folklore nacional, los mitos y las leyendas mineras, afirmó en su comentario: “Este libro es el fiel reflejo del pensamiento, los sentimientos, usos y costumbres que caracterizan a las poblaciones mineras bolivianas y su entorno físico andino, ya que los hechos en él relatados, se desarrollan en los centros mineros de Siglo XX, Potosí y Oruro, en cuanto a las manifestaciones mitológicas y legendarias que dan origen a acontecimientos culturales de extraordinaria magnitud, como el Carnaval de Oruro y los ritos litúrgicos propios de una religión ecléctica que rige en América desde el desenlace de la dominación española”.

Para el escritor Alfonso Gumucio Dagron, que entró en contacto con el mundo minero como fotógrafo y documentalista, no cabe duda que Víctor Montoya “rescata prolijamente las tradiciones y leyendas de la mina y se convierte en un cronista del mundo fantástico que emerge del socavón. Sus relatos son metáforas sobre la existencia fantasmal que se atribuye a los mineros más empobrecidos, muertos en vida por la silicosis y la ausencia de horizonte. Sin haber tenido la vivencia de penetrar en la mina es difícil describir con tanta propiedad esa sensación de ahogo, de oscuridad absoluta y de humedad sexual que se respira en los socavones”.

Los comentarios citados líneas arriba, con apreciaciones analizadas desde distintos ángulos, coinciden en señalar que el libro, que aborda una temática propia de la nación boliviana, es un valioso aporte a la literatura de ambiente minero que, desde la publicación de “En las tierras del Potosí” (1911), de Jaime Mendoza, conforma una vertiente importante en el contexto de las letras nacionales.

La literatura minera, con autores como Víctor Montoya, no solo ha ganado un espacio preponderante a lo largo del siglo XX, sino que se ha consolidado entre los lectores nacionales y extranjeros, quienes buscan una literatura que surja desde las mismas entrañas de la tierra, contándonos las tragedias y esperanzas de los mineros, pero también revelándonos el mundo mágico y mítico de la cosmovisión andina, donde el Tío de la mina, personaje ambiguo entre lo sagrado y lo profano, es venerado como el protector de las familias mineras y como el amo indiscutible de las riquezas minerales.

Víctor Montoya, con su libro “Cuentos de la mina”, se sitúa entre los autores de la segunda mitad del siglo XX, que transitaron de la literatura del “realismo social”, en la que se proyectaron las luchas de reivindicación socioeconómica de los trabajadores,  hacia la literatura del “realismo fantástico”, que se ocupa de recuperar los mitos, leyendas y relatos que, casi en su integridad, giraban en torno a la figura del Tío de la mina.

Con “Cuentos de la mina” queda confirmado que el mundo minero sigue siendo una fuente inagotable de inspiración para los autores nacionales y una de las canteras que mejor se presta para construir una genuina obra literaria, que apasione a los lectores interesados en conocer las tragedias y maravillas atrapadas entre las altas montañas de los Andes, donde las galerías de una mina cuentan sus propias historias forjadas de realidad y fantasía.   

12/9/18

De la letra manuscrita a la escritura en Tablet

Por: Víctor Montoya

Para nadie es desconocido que los niños y jóvenes de hoy recurran a la letra de imprenta ante la necesidad de una mayor claridad en la comunicación –principal objetivo de la enseñanza de la escritura-, debido a que la letra cursiva o manuscrita, así sea una impronta en la personalidad del individuo, se ha vuelto semilegible o totalmente ilegible, ante el uso generalizado de la letra de imprenta, que es la más usada en las nuevas tecnologías de comunicación.

La mayoría de los libros de texto y materiales educativos están impresos en letra de imprenta. En los documentos públicos o formularios se exige que las respuestas se escriban a máquina o en letra de imprenta, con la finalidad de evitar confusiones lexicales o gramaticales. Por ejemplo, cuando uno realiza un trámite oficial, el formulario para rellenar dice claramente: “Rellene en letra de imprenta”.

Tampoco es extraño que los libros de la literatura infantil y juvenil estén publicados en letra de imprenta, llamada también “de molde”, que es la más utilizada por las imprentas, editoriales y medios gráficos; un tipo de letra al cual están acostumbrados los lectores desde la época en que Johannes Gutenberg perfeccionó la técnica de la impresión con tipografía móvil, que abrió las posibilidades de editar varios ejemplares de manera efectiva y en poco tiempo.

Los libros de literatura infantil y juvenil que no están impresos en letra de imprenta, que es un tipo de letra preferido no solo por los lectores, sino también por los escritores y editores, corren el riesgo de no captar la atención de quienes visitan librerías, bibliotecas y ferias de libros. Los niños y jóvenes, casi sin excepciones, están acostumbrados a leer libros que tienen un tipo de letra clara y legible tanto en la cubierta como en las páginas interiores, como es el caso de los libros de textos que se emplean en la educación primaria y secundaria.

Las bibliotecas virtuales, que se encuentran en la red de Internet, tienen los libros digitalizados en letra de imprenta, no tanto por costumbre o mera casualidad, sino porque resultan más accesibles para los cibernautas, quienes buscan autores y obras presionando las teclas de la computadora, el Tablet o el Smartphone, que tienen el alfabeto en letra de imprenta.

Los docentes de la educación secundaria y universitaria observan que aproximadamente el 75% de sus alumnos escriben sus apuntes, deberes y tesis en letra de imprenta, y que es cada vez menos frecuente que escriban a pulso. Por lo tanto, lo que están haciendo es trabajar con un tipo de letra más discriminable desde el punto de vista de los ojos.

Es sabido por todos que el uso de la denominada letra cursiva o manuscrita ha sido desplazado por la letra de imprenta, que forma parte de los nuevos instrumentos de comunicación y los dispositivos electrónicos con los que juegan los niños. Esto implica que la escuela obligatoria tendrá que acomodarse a los avances de las nuevas tecnologías y enseñar los trazos de un único tipo de escritura, la de la letra de imprenta, y dedicarle menos tiempo a la enseñanza de la letra seguida o caligrafía cursiva.

De hecho, existen ya países donde la enseñanza de la caligrafía tradicional ha sido reemplazada por la enseñanza de la mecanografía, que es una de las herramientas que le permite al alumno dominar las nuevas exigencias del universo digital, que está cada vez más presente en las instituciones educativas y las relaciones sociales en general.

No es casual que los niños se comuniquen a diario mediante el uso del teclado del ordenador y los diferentes dispositivos incorporados en el teléfono móvil. De modo que los niños del siglo XXI no se comunican con sus semejantes mediante cartas o notas escritas a pulso, con lápiz y letras de caligrafía, sino mediante las nuevas tecnologías de información y comunicación que, además, están programadas en letra de imprenta.

Desde luego que no faltan las voces críticas que se empeñan en señalar que la enseñanza de la letra manuscrita es inherente a la educación escolar y a una cultura que tiene siglos de tradición en la que el lápiz y el papel han sido las principales herramientas de comunicación escrita. Sin embargo, lo que estas voces discordantes olvidan es el hecho de que los tiempos han cambiado y también las formas de comunicación. Incluso se ha constatado que los maestros que escriben en la pizarra en letra de imprenta, a diferencia de quienes escriben en cursiva, tienen la ventaja de ser mejor comprendidos por los alumnos, quienes deben copiar los apuntes del pizarrón en sus cuadernos o computadoras portátil.

En la actualidad, no es casual que los niños de cinco y seis años, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, aprendan a escribir sus primeras palabras pulsando en forma mecánica las teclas de un Tablet y no afianzando la destreza motriz con el uso del lápiz; es más, los niños conciben que todos los anuncios habidos en el mundo que los rodea no están escritos en letra cursiva sino en letra de imprenta que, por otra parte, les parece más familiar y les resulta más comprensible.

Esta realidad concreta hace pensar que el uso de la letra manuscrita para la enseñanza de la lectura y escritura no es algo universal, y que en países como Finlandia, Inglaterra o Estados Unidos imparten la enseñanza de la lectura y escritura inicial con estilos de letras parecidas a las de imprenta, porque los niños, de manera consciente o inconsciente, las discriminan con mayor facilidad, en vista de que las nuevas tecnologías de comunicación han irrumpido con fuerza tanto en las instituciones educativas como en los hogares, donde los niños ven los signos gráficos o grafemas en letra de imprenta no solo en las teclas de las computadoras y teléfonos móviles, sino también en los textos que aparecen en la pantalla de la televisión.

Aunque todavía se hace hincapié en la enseñanza de la caligrafía, que es el ejercicio más tradicional en el proceso de aprendizaje de la escritura, es importante que los profesores estén conscientes de que las nuevas tecnologías de comunicación exigen que los alumnos aprendan dactilografía para usar con destreza las teclas de las computadoras, tabletas y celulares, que, por lo expuesto, tiene los dispositivos electrónicos y el alfabeto en letra de imprenta, no sólo porque están claramente separadas unas de otras, sino también porque es de fácil comprensión.

No cabe duda de que en un futuro próximo, los habitantes de la mayoría de las naciones se comunicarán escribiendo sus pensamientos en letra de imprenta; por una parte, influenciados por el uso masivo de la informática y la facilidad con que se disponen de medios electrónicos para producir escritos; y, por otra, debido a que cada vez se hace menos necesaria y frecuente la utilización de la letra cursiva que, en otrora, era indispensable para escribir a pulso.

Asimismo, los libros de literatura infantil y juvenil en general, en soporte papel o digital, estarán editados en letra de imprenta en su totalidad, obedeciendo a los avances de las nuevas tecnologías de información y comunicación, que llegaron para quedarse entre nosotros e innovar las viejas normas de lectura y escritura tradicional.

28/8/18

Víctor Montoya en la IX Feria Nacional del Libro en Llallagua


En la IX Feria Nacional del Libro en Llallagua, a efectuarse del 5 al 8 de septiembre de 2018, El Archivo Histórico de la Minería Nacional de la Comibol/Regional Catavi y la Asociación de Profesores de Literatura, presentarán la segunda edición del libro “CUENTOS DE LA MINA”, del escritor Víctor Montoya, cuya temática central gira en torno al mundo mágico y mítico del Tío, un personaje ambiguo entre lo profano y lo sagrado.

El acto contará con la actuación del Grupo de Teatro ALBOR, que puso en escena “CUENTOS DE LA MINA”, y que este año tuvo una exitosa presentación en varios países de Europa.

El evento se realizara el miércoles 5 de septiembre, en el auditorio de la Carrera de Odontología de la Universidad Nacional “Siglo XX”, a Hrs. 16:00.

Los organizadores agradecerán su gentil concurrencia.  

5/7/18

Un libro escrito con amor y nostalgia

Por: Víctor Montoya

Al autor de libro “Cancañiri”, cuando quiso rescatar las memorias de su pasado, dominado por la nostalgia y los recuerdos de la infancia, no le quedó otra alternativa que recurrir a una bibliografía que lo ayudara a conocer mejor la historia de sus orígenes y ancestros, de los cuales sentirse orgulloso hasta el día de la muerte, ya que sin una identidad cultural, sin una conciencia de clase, sin un testimonio registrado en los anales de la historia, uno corre el riesgo de perder las brújulas de la vida y dejar que la memoria sucumba bajo los polvos del olvido.

El libro “Cacañiri”, aparte de rememorar el pasado con la ayuda de una amplia galería de fotografías, tanto de antaño como actuales, es una cronología de hechos y personajes que identifican a este distrito del norte de Potosí, que durante el siglo XX jugó un papel importante en el desarrollo de la industria estañífera de la Empresa Minera Catavi.

Antes de proseguir, me gustaría aclarar que, desde hace tiempo, tenía ganas de escribir un breve comentario sobre el libro del Prof. Jorge Moya Oporto, quien a mucha honra se considera “Llamacancheño” (del canchón de llamas), por haber nacido en Cancañiri, donde su padre trabajó como jefe de punta en la Sección Beza de interior mina, entre 1937 y 1965; una período en el que produjo la masacre de Catavi en los campos de María Barzola (1942), la revolución y nacionalización de las minas (1952) y el golpe de Estado protagonizado por René Barrientos Ortuño (1964). 

Como toda obra que entrega datos históricos, con precisiones socioeconómicas, hace hincapié en la ubicación geográfica del municipio de Llallagua, el impulso industrial del potentado Simón I. Patiño, el desarrollo del sindicalismo revolucionario en la región, el excelente sistema educativo de los niños en la escuela “Tomás Frías” y de los jóvenes en el colegio “Primero de Mayo”. Asimismo, completa los capítulos del libro con la mención de los personajes más connotados de los campamentos, los reencuentros de los residentes cancañireños en Cochabamba y otras ciudades, y, junto con todo esto, el rescate de anécdotas, mitos y leyendas de la memoria colectiva.

Varios de los recuerdos estampados en el libro, sin resquicios para la duda, se ajustan a la verdad del cronista, así el tiempo melle en la frágil memoria y muchos de los recuerdos se empañen de subjetividad. Sin embargo, en el libro que nos ocupa llama la atención cómo el corazón puede mantener intacto lo que se amó alguna vez y cómo la memoria puede reproducir los instantes más placenteros de la vida, Por lo tanto, no es casual que el Prof. Jorge Moya Oporto pueda abordar con lucidez los momentos más gratos de su infancia, como el desayuno escolar, la celebración de las festividades patrias y las aventuras de un grupo de amigos que, luego de “ch’acharse” (escaparse de clases), se atreven a trepar por las escarpadas laderas del cerro, hasta que uno de ellos se accidenta tras resbalar en una roca y caer cuesta abajo.

En la actualidad, cualquiera que suba a Cancañiri, por una cimbreante carretera, polvorienta e inundada de sol, que los trabajadores denominaron “Avenida Juan Lechín Oquendo”, se enfrentara a las ruinas de un pasado tan glorioso como los campamentos de las poblaciones mineras de Siglo XX y Catavi, escenarios constantes de las luchas obreras que, en medio de descargas de fusiles y dinamitas, culminaron tanto en victoriosas hazañas como en sangrientas derrotas.

En Cancañiri, enclavado en las faldas del Cerro Azul, se abrió una bocamina que en las primeras décadas de la centuria pasada estuvo administrada por la Compañía Estanífera de Llallagua, en poder de empresarios chilenos, quienes tuvieron que defenderse, incluso con armas de fuego en la mano, de las amenazas del magnate minero Simón I. Patiño, quien tenía interés de adueñarse, a cualquier precio, de la bocamina de Cancañiri, en cuyos predios se emplazó un avanzado taller de maestranza, una pulpería, una compresora para bombear aire a los inhóspitos socavones y, como no podía faltar, algunos campamentos con viviendas alineadas unas detrás de otras, donde los trabajadores vivían en condiciones no siempre favorables.

En la aridez del cerro, situado aproximadamente a 4.091 msnm, se ven todavía algunas casas de barro y mampuesto, donde todos hacen esfuerzos por sobrevivir a la miseria y hacer frente a las adversidades de una naturaleza agreste y dura. Cerca de la bocamina, en una suerte de plataforma a punto de descolgarse de una elevada pendiente, está la hilera de casuchas donde se venden enseres relacionados con el laboreo minero, desde dinamitas hasta hojas de coca. No faltan los improvisados comedores, en las dependencias de la antigua maestranza, donde los trabajadores pueden desayunar o servirse un plato de comida.

Algunos de los cooperativistas tienen los guardatojos y las lámparas rentadas, mientras otros, desprotegidos de toda seguridad social y laboral, ingresan a la mina persignándose, sin saber si saldrán o no con vida, ya que trabajan en condiciones precarias, arrastrándose como gusanos en los angostos parajes y sin contar con herramientas propias del sistema de producción capitalista.

El autor nos recuerda que en este mismo sitio, entre la maestranza y la pulpería, se desarrollaba una frenética actividad comercial y cívica en otros tiempos. Casi siempre estaba llena de peatones que iban y venían en todas direcciones. Aquí se realizaban los desfiles escolares en las fechas patrias y aquí se encontraba el “Club Miners”, con mesas de pingpong y de billar, que fueron el orgullo de los cancañireños, quienes incluso contaban con un equipo de básquet y de fútbol en todas las categorías. En la actualidad, el edificio del “Club  Miners” está en ruinas y de la etapa dorada del deporte no quedó nada, salvo los recuerdos en la mente de sus antiguos morados, quienes no dejan de relatar sus vivencias con lágrimas en los ojos.

Este libro quedará como el testimonio de una época en la que Cancañiri era un distrito que tenía vida propia, con más de dos mil habitantes que, tras la búsqueda de nuevos horizontes de vida y fuentes de trabajo, llegaron a poblar este cerro, en cuyas faldas se formaron familiar y nacieron innumerables niños y niñas, que conformaron las nuevas generaciones de jóvenes revolucionarios que, a pesar de las nefastas consecuencias de la “relocalización” de 1985, no olvidaron el legado de sus padres, que se enfrentaron con estoicismo a los regímenes más nefastos de la historia nacional.

Ahora solo queda felicitar al autor por haberse dedicado, con esfuerzo tesonero y genuina pasión, a reunir los testimonios personales y los datos dispersos de la historia de Cacañiri, porque no solo servirá para rememorar el glorioso pasado de “uno más de los pueblos del estaño”, sino también porque constituirá un valioso material de consulta para quienes deseen conocer, a través de la lectura, las vicisitudes de muchas vidas recluidas en esos campamentos mineros que, hoy por hoy, no son más que ruinas pobladas por fantasmas.

29/6/18

Microficciones, un hijo que se parece mucho a su padre

Por: Rubén Marconi (*)

Es una wawa muy amena, juguetona, carismática, alegre y dinámica como su padre.

En este nuevo libro, Víctor Montoya nos pinta pequeñas historias reflejando los temas que más le acosan a cualquier artista: la vida, el amor y la muerte.

El libro no cuenta historias, las describe, las redescribe; pinta con colores mágicos hechos y momentos tan humanos como tan irreales, que el escritor, artífice de la palabra, los vuelve reales.

Por ello, esta obra tiene una conexión casi poética con el mundo y con los momentos que describe.

El condimento de todas las historias es la ironía, sutil a momentos, y, en otras, una ironía descarnada y atrevida.

Se burla del amor, de los engañados y de quienes engañan. Se burla de quienes van a ser fusilados, de aquellos personajes infantiles que se encuentran en la memoria colectiva de hombres y mujeres.

La metafísica popular hecha palabra y pulida a través de las manos del escritor.

Por otro lado, es un libro que abarca los temas trágicos y más amables de la vida, aunque lo amable puede volverse trágico y lo trágico volverse irónico.

El arte del microcuento es un oficio de mucho cálculo, quizás matemático e imaginativo, para ubicar cada palabra en su lugar, desechar aquello que no sirve y donde un pequeño signo puede marcar la diferencia. Y Víctor Montoya, con la experiencia recorrida, tiene muy claro este detalle.

Pero siento que existe una cierta ruptura con lo escrito anteriormente por Montoya, quien nutrió su arte en los países europeos y que ahora busca impulsar su literatura, no desde el exilio sino desde su país.

Digo ruptura, en el sentido más amable de la palabra, porque Víctor Montoya -que sembró numerosos textos en los géneros del cuento, la crónica, el testimonio y el ensayo, sin olvidarnos de las novelas que produjo en los últimos tiempos- nos sorprende  con una prosa renovada en su más reciente obra, que se diferencia de las anteriores tanto por las características y la universalidad de los temas.

Sin embargo, uno puede reconocer a Montoya en algunos de los temas abordados en “Microficciones”, que son recurrentes en su escritura: lo social y lo erótico.

Ni qué decir del magnífico aporte que le brindan los dibujos realizados por el artista plástico Jorge Codas.

* Comunicador social y profesor de literatura